martes, 7 de abril de 2015

Gabriela Mistral.

Traemos al Blog a Grabiela Mistral,  poeta, pedagoga y feminista y Dilomática chilena. Premio Nobel de Literatura en 1945. En su 126º aniversario de su nacimiento, documentos extraeido de  de Cultura del periódico La Vanguardia.

sábado, 28 de marzo de 2015

SIMÓN RODRÍGUEZ (PEDAGOGO)

Biografía y Vidas ttp://www.biografiasyvidas.com/biografia/r/rodriguez_simon.htm

Simón Rodriguez

(Simón Narciso Jesús Rodríguez; Caracas, Venezuela, 1769 - Amotape, Perú, 1854) Pedagogo y escritor venezolano. Jamás la historia de la América independentista ha sido tan injusta con uno de sus grandes personajes como lo fue con la obra del insigne educador y gran pensador americano don Simón Rodríguez. El relato de su vida, atrapado en el sobrenombre de El Maestro del Libertador, se destacó en la historia por el mérito de haber forjado el espíritu y las ideas de Bolívar, reduciendo a pasividad lo que fue realmente una activa relación de reciprocidad.

Simón Rodríguez
Pero Simón Rodríguez no nació para hacer de Bolívar el futuro Libertador de América; se hizo a sí mismo, más bien, para convertir en verdaderas repúblicas a los territorios conquistados por la libertad. El proyecto diseñado por Simón Rodríguez, basado en la colonización del continente por sus propios habitantes y en la formación de ciudadanos por medio del saber, lo dibuja como un gran pensador americano a quien, en virtud de su incesante lucha en favor de la educación popular, sería más justo recordar como el gran maestro de muchos. La originalidad de sus pensamientos, su sentido estricto de la honestidad, la trascendencia renovadora de sus ideas pedagógicas y sociales y la heterodoxia y excentricidad de sus métodos hablan de un hombre con sentido propio, ajeno al contexto de su época.
Biografía
Los historiadores suelen ubicarlo en la borrosa frontera que separa la genialidad de la locura; y no sin razón, ya que la vida de Simón Narciso Jesús Rodríguez se encuentra minada de anécdotas que no cesan de sugerir la interrogante. Nació en Caracas el 28 de octubre de 1769 (aunque también se afirma que fue en 1771); se dice que era hijo natural de Rosalía Rodríguez y de un hombre desconocido, de apellido Carreño.
Las imprecisiones en torno a su procedencia han animado la fábula: abandonado en las puertas de un monasterio, se crió en la casa de un clérigo de nombre Alejandro Carreño, quien se presume que era su padre, junto a su hermano Cayetano Carreño, que se convertiría en un famoso músico de la ciudad. Era alto y fornido, y su extravagante forma de vestir provocaba la risa de muchos.
Ninguna de estas referencias, sin embargo, cifra la existencia de Simón Rodríguez: viajero incansable, fue un cosmopolita en el sentido literal del término, a quien poco importaba el arraigo a cualquier vínculo familiar, cultural o territorial. El ethos de su vida fue siempre educar, y para ello recorrió el mundo entero, en busca de un lugar en el cual pudiera "hacer algo" y poner en práctica sus ideas. Ésta fue su verdadera patria.
El joven maestro
La larga carrera de Simón Rodríguez como educador, si es que así puede etiquetarse su incesante labor de "formar ciudadanos por medio del saber", se inicia oficialmente cuando el Cabildo de Caracas le otorga, en 1791, el permiso para ejercer de maestro de escuela de primeras letras en la única escuela pública de esa ciudad. Claro está que la formación autodidacta emprendida por Rodríguez desde muy joven habla de un inicio más temprano en su carrera y de un encuentro prematuro con la vocación del saber, la reflexión y el pensamiento.
A los veinte años de edad, según se dice, Simón Rodríguez ya había leído a Jean-Jacques Rousseau, particularmente el Emilio, y una traducción de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. Como muestra del ímpetu y la avidez de sus reflexiones, siempre originales y a contrapelo del medio, presentó al ayuntamiento de Caracas, en 1794, un estudio titulado Reflexiones sobre los efectos que vician la escuela de primeras letras de Caracas y medio de lograr su reforma por un nuevo establecimiento.
Las ideas vertidas en este ensayo parten de la necesidad de formalizar la educación pública por medio de la creación de nuevas escuelas y la formación de buenos profesores; de esta forma, argumentaba, se promovería la incorporación de más alumnos (incluyendo a los niños pardos y negros) y la disminución progresiva de la enseñanza particular; se requería además buenos salarios.
Fue en esa época cuando, en la escuela de primeras letras del Cabildo de Caracas, tuvo entre sus alumnos, hasta los catorce años, al entonces travieso Simón Bolívar. Simón Rodríguez, que además de maestro era también amanuense del tutor de Bolívar, había sido recomendado para encargarse de la educación del futuro Libertador de América.

Simón Rodríguez
Alguna contingencia de vital importancia para la vida del maestro lo animaría a abandonar el país. La fecha de su éxodo es dudosa, tanto como la naturaleza de los acontecimientos que lo propiciaron. Es un lugar común el que afirma que Simón Rodríguez formaba parte de la famosa conspiración de Gual y España, descubierta el 13 de julio de 1797, y que tuvo que huir despavorido hacia La Guaira para embarcarse en un galeón con destino a Jamaica.
Hay quien asegura, sin embargo, que su partida ocurrió en fecha anterior a noviembre de 1795, y que fue motivada por su descontento con el régimen español: "Mal avenido con la tiranía que lo agobiaba bajo el sistema colonial (en palabras de O'Leary), resolvió buscar en otra parte la libertad de pensamiento y de acción que no se toleraba en su país natal". Jamaica le esperaba como puerto de inicio de una aventura de más de veinte años en el exilio.
El exilio
La vocación que mostraba Simón Rodríguez hacia la educación se manifiesta también en la atención que prestaba a los nuevos conocimientos; se encontraba sediento por aprender, al tiempo que diseñaba y ensayaba a su paso nuevos métodos de enseñanza. Una vez en Kingston, Rodríguez utilizó sus ahorros para aprender inglés en una escuela de niños; mientras lo hacía, se divertía enseñando castellano a los párvulos. Su método era curioso: "Al salir a la calle los alumnos lanzan sus sombreros al aire, y yo hago lo mismo que ellos".
Su siguiente destino sería Estados Unidos. En Baltimore se empleó como cajista de imprenta, oficio que le permitiría, más tarde, componer él mismo los moldes de imprenta de sus obras. Tres años después viajó a Bayona, en Francia, donde se registró bajo el nombre de Samuel Robinson "para no tener constantemente en la memoria (según dijo él mismo) el recuerdo de la servidumbre". Más tarde, en la ciudad de París, se empadronaría en el registro de españoles de la manera siguiente: "Samuel Robinson, hombre de letras, nacido en Filadelfia, de treinta y un años"; y esta identidad la mantendría los siguientes veinte años de su vida en el viejo continente.
En París conoció a Fray Servando Teresa de Mier, un sacerdote revolucionario de origen mexicano, y lo convenció para que juntos abrieran una escuela de lengua española. Para acreditar sus conocimientos, Rodríguez tradujo al castellano la novela Atala de Chateaubriand; Mier se atribuyó la traducción. También estudió física y química, y se convirtió en el expositor de orden de las investigaciones del laboratorio para el cual trabajaba.
Bolívar se encontraba en París desde 1803, y Simón Rodríguez formaba parte de sus amistades más cercanas. Ambos disfrutaban de largas tertulias, a veces solos y otras acompañados de Fernando Toro o de algún otro personaje. En 1805 emprendieron una larga travesía hasta Italia, cruzando a pie los Alpes. Fueron de Chambéry a Milán, luego a Verona y Venecia, Padua, Ferrara, Florencia y Perusa.
Por último, llegaron a Roma. Aquí fue donde subieron al Monte Sacro y se produjo el famoso juramento de Bolívar de libertar América: "Juro delante de usted (así describe Rodríguez el juramento de Bolívar), juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi honor, y juro por la patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español".

El juramento del Monte Sacro
En la ciudad de Nápoles sus trayectorias se separaron: Bolívar regresó a América; Simón Rodríguez volvió a París y de ahí marchó a Alemania, y luego a Prusia, Polonia, Rusia e Inglaterra. Según su propio relato, trabajó en un laboratorio de química, participó en juntas secretas de carácter socialista, estudió literatura y lenguas y regentó una escuela de primeras letras en un pueblecito de Rusia.
Posteriormente, en Londres, se desempeñó como educador e inventó un novedoso sistema de enseñanza con varios tópicos, de los cuales uno estaba destinado al buen manejo de la escritura: colocaba a sus alumnos con los brazos en triángulo y los dedos atados, quedando en libertad el índice, el medio y el pulgar. Y los ejercitaba en seguir sobre el papel, situado oblicuamente, los contornos de una plancha de metal donde se había trazado un óvalo. De esta figura formaba todas las letras. "Nada más ingenioso (diría Andrés Bello), nada más lógico, nada más atractivo que su método; es en este sentido otro Pestalozzi, que tiene, como éste, la pasión y el genio de la enseñanza".
Y es que Simón Rodríguez era un apasionado de la escritura. Veía en ella unas capacidades expresivas que, desde su punto de vista, no estaban reflejadas en la gramática española. Solía escribir utilizando al máximo signos de puntuación, admiración y exclamación, mayúsculas y subrayados, y esquemas de fórmulas, símbolos, paréntesis y llaves, de forma tal que le resultara posible transmitir el espíritu y la complejidad de sus pensamientos. Quería una letra viva. Y así la habría de practicar a lo largo de todos sus escritos en Europa y una vez retornado al nuevo continente.
Retorno a América
Animado por las noticias que le llegaban de América, Simón Rodríguez emprendió viaje de regreso en 1823. En su largo exilio había madurado cada vez más sus ideas en torno a la educación y la política, nutriéndose, fundamentalmente, del pensamiento de Montesquieu. Es cierto que Rodríguez acogió las ideas de la Ilustración, pero las utilizó como referencia para la construcción de un proyecto muy original.
En realidad, no podía ser de otra forma, pues el legado de Montesquieu acerca del determinismo geográfico y cultural no invitaba a nada distinto. Así lo expresó Simón Rodríguez: "Las leyes deben ser adecuadas al pueblo para el que fueron dictadas, [...] deben adaptarse a los caracteres físicos del país, [...] deben adaptarse al grado de libertad que permita la Constitución, a la religión de sus habitantes, a sus inclinaciones, a su riqueza, a su número, a su comercio, a sus costumbres y a sus maneras".
De ahí que su obsesión fuera, hasta el momento de su muerte, la de promover la "conquista de América por medio de las ideas"; era preciso formar ciudadanos allí donde no los había, y sólo así se lograría fundar verdaderas repúblicas que no fuesen una mera imitación de las europeas. La América española poseía su propia identidad, y había de poseer sus propias instituciones y gobiernos: "O inventamos o erramos". Su pensamiento, aunque original, chocaba con el ideario que imperaba en los albores de la Independencia americana. Quizá por ello nunca fue del todo comprendido, aun cuando su lucha por ser escuchado y por fundar escuelas públicas a diestro y siniestro no cesó sino en el instante de su muerte.
El reencuentro con Bolívar
Una vez enterado de la estancia de Rodríguez en Colombia, Bolívar le escribió una carta en la cual lo invitaba a encontrarse con él en el sur, donde se hallaba en plena campaña. En Bogotá, primer lugar de estancia a su regreso, sus primeros pasos se encaminaron a instalar una "Casa de Industria Pública". Deseaba, más que nada, dotar a los alumnos de conocimientos directos y habilitar maestros de todos los oficios.
El proyecto fracasó por falta de recursos y el maestro se dirigió hacia el sur. En Guayaquil presentó al gobierno un plan de colonización para el oriente de Ecuador. Finalmente, se encontró con Bolívar en Lima: Simón Rodríguez le presentó sus planes pedagógicos, que habrían de ser implantados en América, en las escuelas que el Libertador ya trataba de fundar y que pondría bajo la dirección del educador. Simón Rodríguez quedó incorporado a su equipo de colaboradores.
A mediados de abril de 1825 inició, junto con Bolívar, un recorrido por Perú y Bolivia. En Arequipa organizó una casa de estudios; después subió al Cuzco, donde fundó un colegio para varones, otro para niñas, un hospicio y una casa de refugio para los desvalidos. En el departamento de Puno hizo otro tanto. En septiembre, ya acompañados del general Antonio José de Sucre, presidente de Bolivia, entraron ambos en La Paz, antes de dirigirse a Oruro y a Potosí.

Simón Rodríguez
Y en Chuquisaca, en noviembre de 1825, tuvo que detener la marcha, pues el proyecto educativo de Simón Rodríguez había de comenzar en esa ciudad. Bolívar lo nombró entonces director de Enseñanza Pública, Ciencias Físicas, Matemáticas y Artes, y director general de Minas, Agricultura y Caminos Públicos de la República Boliviana. El primer día del año 1826 comenzaría a funcionar la llamada Escuela Modelo, que en el cuarto mes de su andadura tenía ya doscientos alumnos.
El plan de enseñanza era muy original: se agrupaba a los alumnos y se concertaban los métodos educativos, mezclándose la técnica y el espíritu. Los niños, entregados por entero a las tareas de aprendizaje, aun durante los ratos de diversión, eran observados individualmente por personal facultativo para identificar las inclinaciones de cada alumno. En palabras de muchos entendidos, la originalidad de estos proyectos se parecía a la aplicada en los famosos falansterios de Charles Fourier; sin embargo, Simón Rodríguez nunca había tenido contacto con aquella obra.
Con independencia de cuál fuera la filosofía implicada en el desarrollo de este proyecto, estuvo claro que no tenía encaje alguno en la sociedad de entonces; la gente no comprendía aquello y le parecía excesiva la inversión que demandaban las escuelas. El mariscal Sucre se vio influido por la crítica del medio, y escribió al Libertador para mostrarle su descontento con la obra de Robinson, como lo solía llamar. Después de enemistarse con todos, Simón Rodríguez renunció finalmente a su cargo. Con profunda rabia y decepción escribió una carta al Libertador, en la que se quejó amargamente de la incomprensión que había padecido.
Últimos años
Decepcionado por cuanto no le habían dejado hacer por la libertad de América, y arruinado y endeudado por cuanto había puesto de su bolsillo para el funcionamiento de las escuelas, se marchó al Perú. En Arequipa montó una fábrica de velas, de la cual esperaba obtener fondos para su manutención; las velas representaban también una muestra sarcástica de aquello que en su opinión había significado el "siglo de las luces" para América.
El éxito de su negocio, sin embargo, estuvo en su retorno a las actividades de maestro: los padres acudían masivamente a la tienda para que se encargara de la educación de sus hijos; y fue así como Simón Rodríguez pidió nuevamente licencia para ser maestro. En 1828 publicó su primera obra, titulada Sociedades americanas en 1828; cómo son y cómo deberían ser en los siglos venideros. Se trataba, en realidad, del prólogo de la obra, en el cual se defiende el derecho de cada persona a recibir educación, señalándose la importancia que ésta tiene para el desarrollo político y social de los nuevos estados americanos.
La primera parte fue reimpresa en El Mercurio Peruano al año siguiente, y continuada en El Mercurio de Valparaíso en noviembre y diciembre de 1829. También publicó en la imprenta pública una obra en defensa de Bolívar, titulada El Libertador del Mediodía de América y sus compañeros de armas, defendidos por un amigo de la causa social. Otras obras suyas fueron publicadas, entre las que figura un proyecto de ingeniería e hidrología en torno al terreno de Vincoaya. Había muerto el Libertador y el proyecto de la Gran Colombia había quedado deshecho.

Simón Rodríguez
Después de publicar parte de la obra Sociedades Americanas, se marchó a Concepción (Chile), invitado por el intendente de la ciudad para que "llevara a cabo el mejor plan posible de educación científica" en el Instituto Libertario de Concepción. Aplicó a la enseñanza el sistema diseñado en Arequipa, a propósito del proyecto hidrográfico, valiéndose de cuadros sinópticos. El primer cuadro era "fisionómico", y alcanzaba sólo a las nociones; el segundo era "fisiográfico", destinado a proporcionar el conocimiento; el tercero era "fisiológico" o de la ciencia, y el cuarto representaba lo "económico", es decir, la filosofía.
En 1834 publicó Luces y virtudes sociales, obra acabada de su gran proyecto de instrucción. Desgraciadamente, su suerte se vio teñida una vez más por la fatalidad: el terremoto de Concepción de 1835 acabó con todo, incluyendo la estancia de Simón Rodríguez en esa ciudad; "en América no sirvo para nada", exclamaría. Se marchó a Santiago de Chile y protagonizó un maravilloso encuentro con Andrés Bello, del cual brotaría parte del impulso de la universidad fundada por el insigne humanista.
Partió luego a Valparaíso, ciudad en la cual también se dedicó a la enseñanza, utilizando un método bastante original para la época: en la clase de anatomía, se desnudaba y caminaba por el salón para que los alumnos "tuvieran una idea del cuerpo humano". Por supuesto, esta didáctica no tuvo larga vida. La sociedad comenzó a rechazarlo; la población de alumnos descendería rápidamente y él acabaría en la más absoluta miseria.
Así lo encontró el viajero francés Louis-Antoine Vendel-Heyl, a quien diría, casi llorando, que "ni siquiera podía tener el consuelo de publicar el fruto de sus meditaciones y sus estudios". Como muestra del resquemor que sentía hacia la sociedad que frustró sus proyectos, en la puerta de la casa de Simón Rodríguez podía leerse un letrero que decía: "Luces y virtudes americanas, esto es: velas de sebo, paciencia, jabón, resignación, cola fuerte, amor al trabajo".
Sufriendo el temor de que su obra se perdiera, alrededor de 1842 escribió: "La experiencia y el estudio me suministran luces, pero necesito un candelero donde colocarlas: ese candelero es la imprenta. Ando paseando mis manuscritos como los italianos sus Titirimundis. Soy viejo y, aunque robusto, temo dejar, de un día para otro, un baúl lleno de ideas para pasto de un gacetillero que no las entienda. Si muriera, yo habría perdido un poco de gloria, pero los americanos habrían perdido algo más".
Reeditó la obra Sociedades americanas y, sin más, marchó rumbo al Ecuador. En el camino se detuvo en Paita y visitó a la amante de Bolívar, Manuela Sáenz, que se encontraba retirada en esa ciudad. En Latacunga fue acogido por un sacerdote, el doctor Vésquez, quien se empeñaba en que don Simón fuera maestro en el Colegio de San Vicente. A pesar de la insistencia del maestro en dedicarse a la agricultura, terminó siendo profesor de botánica de esa institución.
Paralelamente, y en forma coherente con su visión de las cosas, fundó en esa ciudad una fábrica de pólvora y al mismo tiempo publicó un folleto sobre la Fabricación de pólvora y armas con otras enseñanzas generales, en cuyo preámbulo se puede leer: "la pólvora es aquí el pretexto para tratar de la educación del pueblo". Posteriormente partió a Quito y fundó otra fábrica de velas; luego marchó a Ibarra, a Colombia, y regresó nuevamente a Quito en el año 1853.
Tenía 82 años y conservaba aún un aspecto atlético. Dictó una conferencia que sorprendió al público por sus experiencias y por sus amores tórridos e hijos dejados por el mundo, al igual que por sus ideas. Finalmente, en 1853, a pesar de haber manifestado su intención de volver a Europa con la ilusión de que allí todavía se podía "hacer algo", se trasladó a Amotate, ciudad peruana en la que falleció el 28 de febrero de 1854, a los 83 años de edad.
La obra de Simón Rodríguez
Guiado por la idea de que sólo a través de la educación popular se garantizaría la verdadera fortaleza y prosperidad de las nuevas repúblicas, Simón Rodríguez trazó un proyecto pedagógico de una originalidad indiscutible. En Rodríguez se fundían de manera extraordinaria el educador, el hombre de ideas y el escritor. Sus páginas son fascinantes no sólo por la consistencia de sus ideas y la alta temperatura pasional que les imprime, sino también por el indiscutible y original acento de novedad de su escritura. Ello se manifiesta en la particular vivacidad (rasgo inocultablemente americano) que insufla al castellano, un tanto envarado por siglos de retórica colonial, y en las innovaciones que introdujo en materia tipográfica.
Pedagogo influido por Rousseau y Saint-Simon, Simón Rodríguez fue un reformador intuitivo. Maestro de Simón Bolívar, sus inquietudes e ideas reformadoras influyeron poderosamente en la formación de El Libertador, según él mismo reconoció. Después del triunfo de Bolívar, Rodríguez fue director e inspector general de Instrucción Pública y Beneficencia y organizó escuelas, pero su inquietud y su carácter no lo dejaron nunca asentar, mal que se agravó tras la muerte de Bolívar; el maestro fue rodando hasta su avanzada ancianidad por Chile, Ecuador, Colombia y Perú.
Simón Rodríguez fue el primero que quiso aplicar en Sudamérica los audaces métodos educativos que empezaban a utilizarse a comienzos del siglo XIX en Europa, y por todos los medios trató de imponer en las atrasadas provincias de Bolivia y Colombia las novedosas y revolucionarias teorías sobre la educación de la infancia. Nutrido en las ideas de los grandes filósofos franceses del siglo XVIII, fue un espíritu inconforme y radical. Sus principales textos son El Libertador del Mediodía de América y sus compañeros de armas, defendidos por un amigo de la causa social (1830), Luces y virtudes sociales (1834) y Sociedades americanas en 1828; cómo son y cómo deberían ser en los siglos venideros (1828, última edición en 1842).
En El Libertador del Mediodía de América hizo una defensa vigorosa de la figura de Bolívar y de su actuación en la guerra de Independencia, exponiendo al mismo tiempo muchas de sus propias ideas sobre la cultura y el destino de los pueblos hispanoamericanos. Aunque esta obra es muy desigual, y por la premura en que fue escrita y el temperamento mismo del autor no guarda mucha unidad, resaltan en ella admirables y audaces pensamientos que hacen de la misma uno de los estudios más interesantes de la cultura americana del siglo pasado. Otros escritos suyos son El suelo y sus habitantes, Extracto sucinto sobre la educación republicana, Consejos de amigo dados al Colegio de Latacunga y Crítica de las providencias del gobierno.

viernes, 27 de marzo de 2015

ANDRÉS BELLO DE BIOLGRAFÍA Y VIDAS

BIOGRAFÍA Y VIDAS (http://www.biografiasyvidas.com/biografia/b/bello.htm)

Andres Bello

(Caracas, 1781 - Santiago de Chile, 1865) Filólogo, escritor, jurista y pedagogo venezolano, una de las figuras más importantes del humanismo liberal hispanoamericano. Andrés Bello tuvo el inmenso privilegio de asistir, en sus 84 años de vida, a la desaparición de un mundo y al nacimiento y consolidación de uno nuevo. Conoció las tres últimas décadas de dominación española de América, y sucesivamente el período de emancipación de las colonias españolas en el nuevo continente y la gestación de los nuevos estados nacidos del proceso de Independencia. Que fuera un privilegio lo que no deja de ser una mera coincidencia cronológica se debió a su extraordinaria capacidad para comprender y estudiar desde dentro y para impulsar efectivamente los resortes de la realidad que le tocó vivir.

Andrés Bello
Gran humanista liberal en la mejor tradición inglesa, ya que en el Reino Unido le tocó formarse filosófica y políticamente, Andrés Bello tuvo el talento de saber trasladar a la esfera práctica su gran erudición en terrenos tan diversos como la filología, la lingüística y la gramática, la pedagogía, la edición, la diplomacia y el derecho internacional. Por añadidura, aportó a las letras hispanoamericanas, en poemas nutridos de lecturas de los clásicos latinos, una incipiente conciencia autóctona. En su vasta erudición, en su talante político y en su sensibilidad literaria se refleja el ideal del clasicismo europeo, perfectamente aunado a la moderna sensibilidad nacional y patriótica de su tiempo.
Andrés Bello nació en Caracas, a la sazón sede de la Capitanía General de Venezuela, el 29 de noviembre de 1781. En su ciudad natal residió hasta los 29 años de edad. Sus padres, Bartolomé Bello y Ana Antonia López, no hicieron nada por impedir la voraz pasión por las letras que manifestó desde su niñez. Después de cursar sus primeros estudios en la Academia de Ramón Vanlosten, pudo familiarizarse con el latín en el convento de Las Mercedes, guiado por la amable erudición del padre Cristóbal de Quesada, que le abrió las puertas de los grandes textos latinos.
A los quince años, Bello ya traducía el Libro V de la Eneida. Cuatro años después, el 14 de junio de 1800, se recibía de bachiller en artes por la Real y Pontificia Universidad de Caracas. Y fue en aquel año de 1800 cuando se produjo su primer encuentro con un gran hombre, que abrió ya definitivamente los diques de su curiosidad e interés por la ciencia: Alexander von Humboldt, a quien acompañó en su ascensión a la cima del Pico Oriental de la Silla de Caracas, que entonces se conocía como Silla del cerro de El Ávila.
Bello inició entonces los estudios universitarios de derecho y de medicina. De familia modestamente acomodada, él mismo costeó en parte sus estudios dando clases particulares; junto a otros jóvenes caraqueños, figuró entre sus alumnos el futuro Libertador: Simón Bolívar. Además de estas actividades, a las que sumaba el estudio del francés y el inglés, Bello se sentía atraído sobre todo por las letras, y comenzó a escribir composiciones poéticas y a frecuentar la tertulia literaria de Francisco Javier Ustáriz.

Lección de Bello a Bolívar (detalle
de un cuadro de Tito Salas)
Sus primeros pasos literarios siguieron las huellas del neoclasicismo entonces imperante, y le valieron, en la sociedad caraqueña ilustrada, el apodo de El Cisne del Anauco. Además de traducciones de obras latinas y francesas, compuso en estos primeros años de desempeño literario las odas Al Anauco, A la vacuna, A la nave y A la victoria de Bailén, los sonetos A una artista y Mis deseos, la égloga Tirsis habitador del Tajo umbrío y el romance A un samán, así como los dramas Venezuela consolada y España restaurada.
A los veintiún años recibió su primer cargo público: oficial segundo de la secretaría de la Capitanía General de Venezuela, del que fue ascendido en 1807 a comisario de guerra y secretario civil de la Junta de la Vacuna, y en 1810 a oficial primero de la Secretaría de Relaciones Exteriores. En 1806 había llegado a Venezuela la primera imprenta, traída por Mateo Gallagher y James Lamb, muy tardíamente por cierto, si se piensa que la primera instalación de una imprenta en América se remonta a 1539, en la capital de Nueva España, México. En 1808 comenzó a publicarse la Gaceta de Caracas, y Andrés Bello fue designado su primer redactor.
En estos años de intensa actividad oficial comenzó a gestarse su gusto por la historia, la historiografía y la gramática, que quedó tempranamente plasmado en su Resumen de la historia de Venezuela, extraordinario primer brote en el que ya están presentes los principios humanistas rectores de su obra futura; en su traducción del Arte de escribir de Condillac, impresa sin su anuencia en 1824, y sobre todo en uno de sus fundadores estudios gramaticales: el Análisis ideológica de los tiempos de la conjugación castellana, obra que comenzó a escribir hacia 1810 y que se publicaría en Chile en 1841.
El exilio londinense (1810-1829)
El momento decisivo en la vida y carrera intelectual de Andrés Bello fue la decisión de la Junta Patriótica, a raíz de los acontecimientos del 19 de abril de 1810, de enviar a Londres una misión diplomática con la encomienda de lograr la adhesión del gobierno inglés a la causa de la reciente y frágil declaración de independencia venezolana. El 10 de junio de ese año zarparon en la corbeta inglesa del general Wellington los miembros de la misión designados por la Junta, Simón Bolívar y Luis López Méndez, a quienes escoltaba Andrés Bello en calidad de traductor.
Bello ignoraba que ese viaje que entonces iniciaba lo alejaría para siempre de su ciudad natal, y que la ciudad a la que se dirigía, Londres, sería su residencia permanente durante los próximos diecinueve años. El primer acontecimiento importante de su nueva vida londinense se cifró también en el encuentro con un gran hombre: Francisco de Miranda. Llegados a la capital inglesa el 14 de julio, los tres integrantes de la misión recibieron alojamiento, consejos y ayuda de parte de Miranda, quien a su vez decidió sumarse al proceso independentista viajando a Caracas.
El 10 de octubre, fecha de su salida de Londres, Miranda dejó instalados en su casa de Grafton Street a López Méndez y a Andrés Bello, quien residiría allí hasta 1812. Bello tuvo acceso a la espléndida biblioteca del prócer, que ocupaba todo un piso. Cuando el 5 de julio de 1811 se declaró la Independencia de Venezuela, ambos fueron designados representantes del nuevo gobierno secesionista en la capital inglesa, cargo que perdieron al reconquistar los españoles el poder un año después.
Comenzó entonces para Bello, quien no pudo regresar a Venezuela so pena de ser procesado ante un tribunal militar por traición, un largo período de penurias económicas, que se prolongó durante una década. Tuvo mala suerte en las gestiones que inició para lograr un cargo y un sueldo. Así, en 1815, su solicitud de un puesto al gobierno de Cundinamarca fue interceptada por las tropas de Pablo Morillo y nunca llegó a su destino, y su posterior ofrecimiento de servicios al gobierno de las Provincias Unidas del Río de la Plata, a pesar de ser aceptada, nunca tuvo efecto, ya que se vio incapacitado para trasladarse a Buenos Aires.
Mientras tanto, fue viviendo de trabajos a destajo: dio clases particulares de francés y español, transcribió los manuscritos de Jeremy Bentham y se desempeñó como institutor de los hijos de William Richard Hamilton, subsecretario de Relaciones Exteriores, puesto que logró gracias a su amistad con José María Blanco White, el gran intelectual sevillano exiliado en el Reino Unido y simpatizante con la causa independentista americana.

Andrés Bello
Pero éste fue también un período formativo de gran riqueza intelectual para Bello. Se vinculó activamente al círculo de los emigrados españoles, todos liberales y algunos de ellos, como Blanco White, grandes escritores, que hicieron de Londres su refugio durante las dos oleadas absolutistas en España. Por otra parte, en ningún momento dejó Andrés Bello de estudiar y acumular conocimientos. De su numerosa producción ensayística de estos años, se destacan precisamente sus trabajos filológicos, escritos o concebidos e iniciados en Londres, algunos de los cuales adquirirán con el tiempo la condición de clásicos.
Bello compaginó sus investigaciones científicas y críticas, en estos años de estrecheces económicas, con las actividades literarias. Lo mejor de su producción en este campo se cifra en sus composiciones poéticas, sobre todo en sus dos grandes silvas: la Alocución a la poesía, que dio a la imprenta en 1823, y la célebre La agricultura de la zona tórrida, publicada en 1826. Dentro de un molde neoclásico impecable, Bello vertió en ellas, por primera vez en la historia de las letras, grandes temas americanos, desde la exaltación de la gesta independentista hasta el canto a la feracidad de la naturaleza del continente.
Otra faceta notable de la formación que Bello se dio a sí mismo en estos años es la relacionada con el derecho internacional. A los conocimientos que había acumulado como funcionario de la Corona española, pudo agregar en estos años de intenso estudio un conocimiento a fondo de los cambios y desarrollos que se habían ido produciendo en esta área a raíz de las guerras napoleónicas, la Independencia de América y el Congreso de Viena. Bello adoptó la concepción liberal del Estado, propia de los utilitaristas ingleses, cuyo principal teórico, Jeremy Bentham, se convirtió en la fuente de su pensamiento político e institucional.
No menos importante fue el cuarto frente hacia el que Bello dirigió sus estudios y actividades. La ejemplar labor de publicista llevada a cabo por Blanco White en la capital inglesa durante aquellos años sin duda le sirvió de modelo, y después de colaborar en El Censor Americano con artículos en defensa de la causa independentista, participó activamente, junto con Juan García del Río, en la edición de las revistas Biblioteca Americana (1823) y Repertorio Americano (1826-1827), en el marco de las actividades de la Sociedad de Americanos de Londres, que contribuyó a fundar.
En la esfera de su vida privada, también los años de Londres significaron para Andrés Bello la asunción de su plena madurez. En mayo de 1814 contrajo matrimonio con Mary Ann Boyland, de veinte años, con quien tuvo tres hijos y de quien enviudó en 1821. Tres años después de este luctuoso acontecimiento, se casó en segundas nupcias con Elizabeth Antonia Dunn, también de veinte años, quien le acompañó hasta el final de sus días y le dio nada menos que doce hijos, tres de ellos nacidos en la capital inglesa.
Dos años antes de contraer su segundo matrimonio pudo Bello, por fin, volver a desempeñarse en un cargo de responsabilidad oficial, al ser nombrado secretario interino de la legación de Chile en Londres, a cargo de Antonio José de Irisarri. Junto con Irisarri había colaborado con El Censor Americano en 1820, y se había fraguado entre ambos una amistad basada en el mutuo respeto intelectual.
A partir de ese momento Andrés Bello lograría destacados reconocimientos a su labor y nombramientos a cargos de relieve e importancia política: un año antes de ser elegido miembro de número de la Academia Nacional de Bogotá, en 1826, se había encargado de la secretaría de la legación de Colombia en Londres, en la que apenas dos años después ascendió a encargado de negocios, y en 1828 recibió el nombramiento de cónsul general de Colombia en París, poco antes de recibir el encargo, por parte del gobierno colombiano, de la máxima representación diplomática de ese país ante la corte de Portugal. Pero prefirió marchar a Chile con su familia.
Chile, la patria definitiva (1829-1865)
Andrés Bello partió de Londres el 14 de febrero de 1829, a bordo del bergantín inglés Grecian, y holló suelo de la que iba a convertirse en su definitiva patria en Valparaíso, el 25 de junio. Salvo breves estancias en este puerto y en la hacienda de los Carrera, en San Miguel del Monte, vivió hasta su muerte en la capital chilena, Santiago. El desempeño de Bello en este país traza el arco ascendente de una de las carreras públicas e institucionales más brillantes que pudiera concebir un americano de su tiempo.
Inmediatamente, al llegar fue nombrado oficial mayor del ministerio de Hacienda. Al año siguiente inició la publicación de El Araucano, órgano del que fue redactor hasta 1853, y se encargó como rector del Colegio de Santiago. Pero la pasión pedagógica de Bello, iniciada en su adolescencia caraqueña, lo llevó a dar clases privadas, en su propio domicilio, a partir de 1831. Han llegado hasta nosotros los textos de sus cursos, dedicados al estudio del derecho romano y a la ordenación constitucional. Bello siempre estuvo convencido de que la instrucción y el cultivo espiritual son la base del bienestar del individuo y del progreso de la sociedad, razón por la cual nunca dejó de fomentar el estudio de las letras y de las ciencias; propuso la apertura de Escuelas Normales de Preceptores y la creación de Cursos Dominicales para los trabajadores.
También dio un fuerte impulso al teatro chileno con sus comentarios críticos a las representaciones y sus sugerencias a los actores en El Araucano. En este sentido, comparte con José Joaquín de Mora el mérito de ser el creador de la crítica teatral. Tradujo Teresa de Alejandro Dumas e inculcó en sus discípulos el gusto por la adaptación de obras extranjeras. Su conocimiento del teatro griego y el latino, el análisis de las obras de Plauto y Terencio y la lectura de Lope y Calderón le dieron la solidez suficiente para opinar sobre el asunto.
Otro nombramiento, el de miembro de la Junta de Educación, precede su admisión por el Congreso chileno a la plena ciudadanía, el 15 de octubre de 1832. Dos años después se desempeñaba como oficial mayor del Ministerio de Relaciones Exteriores, función que asumió hasta 1852, y en 1837 era elegido senador de la República, cargo que conservó hasta su muerte. En los últimos años de su vida, sus vastos conocimientos en materia de relaciones internacionales le valieron ser elegido para arbitrar los diferendos entre Ecuador y Estados Unidos (1864) y entre Colombia y Perú (1865), honor este último que se vio obligado a declinar por motivos de salud, hallándose ya gravemente enfermo.

Andrés Bello (detalle de un retrato
de Raymond de Monvoisin, 1844)
El generoso reconocimiento que los chilenos le tributaron a Bello durante los treinta y seis últimos años de su vida lo colmó de satisfacciones. Pero entre todas ellas, cabe suponer que no las que pudieran derivar del poder político, sino otras, fueran las más estimadas para un hombre animado por un proyecto civilizador como el suyo, que puede resumirse en las palabras que utilizó Arturo Uslar Pietri para aquilatarlo: "Un empeño tenaz de reunir ciencia y conocimiento para decirle a los pueblos hispanoamericanos de dónde venían, con cuáles recursos contaban y el panorama del mundo en que les tocaba afirmarse y actuar".
A diferencia de tantos de sus más ilustres contemporáneos americanos, Andrés Bello no fue un hombre que ambicionara acumular honores y poder, y en cambio veía en el avance de la educación y las luces de las jóvenes repúblicas americanas, así como en la consolidación de las instituciones reguladoras de su recién conquistada libertad, el mejor servicio que podía rendirle a América. También Uslar Pietri lo dijo a su manera: "En su bufete de Chile, en su cátedra, en su poesía, en su prosa, en su palabra, estaba haciendo una América, una Venezuela, un Chile, un México más perdurables y grandes que los demagogos y los guerrilleros pretendían alcanzar en la dolorosa algarabía de sus revueltas y asaltos".
Por eso la hora que vivió como la coronación de los largos años de esfuerzos de su exilio londinense fue la que le trajo la inauguración de la Universidad de Chile, en 1843, cuyos estatutos él mismo había redactado un año antes y cuyo rectorado asumió gozoso, siendo reelegido mientras vivió. El discurso pronunciado por Andrés Bello en aquella oportunidad ofrece un compendio de sus concepciones pedagógicas y una guía para la orientación de los estudios superiores.
Del mismo modo, la publicación de sus inmensos estudios gramaticales sobre la lengua castellana iniciados en Reino Unido debieron de ser una ocasión de júbilo, que tuvo su punto álgido con la Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos, publicada en Chile en abril de 1847. Llegado a este punto de su carrera, Bello siguió investigando, escribiendo y publicando obras de gran interés científico y práctico: Principios de derecho de gentes (1832) es la primera obra que publica en Chile, y que después retomará, ampliará y transformará, en 1844, en un ya clásico Principios de derecho internacional.

Andrés Bello
Siguieron a esta obra los Principios de ortología y métrica, en 1835; en 1841, el poema El incendio de la Compañía, considerado en Chile como la primera manifestación local del romanticismo; una Gramática latina, en 1846; una Cosmografía, en 1848; una Historia de la literatura, en 1850, y en 1852, veintidós años después de haber iniciado su redacción en compañía de Juan Egaña, la culminación de la que es sin duda su obra más titánica, verdadero resumen de su concepción del estado liberal, cuya implantación propugnaba en toda América: el Código Civil de la República de Chile, que el Congreso chileno aprobó en 1855.
A estos textos hay que agregar una Filosofía del entendimiento, publicada póstumamente en 1881. En su lecho de agonía, encendido en fiebre, Bello musitaba palabras incomprensibles. Los que se inclinaban a recogerlas pudieron descifrar algunas: en su última hora, recitaba en latín los versos del encuentro de Dido y Eneas, de la Eneida.
Obras de Andrés Bello
En la primera mitad del siglo XIX, cuando el período colonial va camino de su definitivo eclipse, surgen tres figuras imprescindibles en la historia de la formación de la nacionalidad venezolana: Simón Rodríguez, Andrés Bello y Simón Bolívar. Si bien es cierto que este último, además de notable escritor, fue el principal responsable de la independencia política del país, los dos primeros lo fueron de su independencia espiritual. La figura de Andrés Bello resulta menos "familiar" que la de Simón Rodríguez, y esta distancia quizás se deba a esa suerte de nicho donde lo ha colocado la cultura oficial venezolana. Sin embargo, es imposible restarle méritos a la obra de este insigne humanista.
Excelente poeta, filólogo ilustre, erudito estimable, diplomático discreto, político ponderado y pensador singular, Andrés Bello representó la aspiración a la independencia cultural de Hispanoamérica y fue un polígrafo incansable: sus obras completas abarcan veinte tomos. Ya se ha reseñado la extraordinaria labor cívica que desempeñó en Chile, donde residió desde 1829 hasta su muerte: entre otras cosas, redactó el Código Civil de esta nación y fundó la Universidad de Santiago.
En esta ciudad publicó su importante Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos (1847), un trabajo sobre el que giraron las más importantes polémicas sobre el castellano de América a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. Otra de sus piezas brillantes, digna de una atenta relectura, es su discurso de apertura de la Universidad de Chile. En cuanto al estilo, es uno de los momentos más altos de su prosa y, además, demuestra que ninguna rama del conocimiento era ajeno a su saber.
Obras poéticas
Como poeta, la valoración actual de su obra le otorga una importancia más documental que literaria. Andrés Bello poseía una extensa erudición poética, amén de un minucioso conocimiento del oficio, pero carecía del don creador. En el fondo (y a pesar de que, como dice Picón Salas, fue romántico a ratos), Bello nunca pudo salir del molde del neoclasicismo en el que se había formado, y es antes un diestro versificador que un verdadero poeta. Su extensa e inacabada Silva a la agricultura de la zona tórrida (fruto de su estancia en Londres entre 1810 y 1829) es una palpable muestra de pasión americanista.
Un modo natural de clasificar los poemas de Andrés Bello es separar las poesías originales de las traducciones o imitaciones. Así, en un grupo encontramos poemas de imitación, traducidos o versionados, como Los Djinns, La tristeza de Olimpio, Oración para todos, Moisés salvado de las aguas y Fantasmas, bajo la influencia de Víctor Hugo. Se le debe asimismo una traducción en verso del Orlando enamorado. Como filólogo, Andrés Bello se aplicó al remozamiento del Poema del Cid, trabajo que dejó inconcluso. Comenzada en 1823, su versión del Poema del Cid o Gesta de mío Cid constituye una obra maestra de erudición y buen gusto, siendo quizás la que más ha contribuido a difundir su nombre.
La parte original de su producción la constituyen piezas como Al campo y El proscrito. Al campo es una especie de égloga. En El proscrito, Bello mezcla el humor con la poesía: el caballero Azagra, descendiente de guerreros, anda aquí en gresca, como un nuevo Sócrates, con una moderna Xantipa. Sus dos poemas más importantes son Alocución a la Poesía (1823) y Silva a la agricultura de la zona tórrida (1826). Ambos fueron publicados en las revistas londinenses que editaba Bello: la Biblioteca Americana y el Repertorio Americano, respectivamente.
Alocución a la Poesía (1823) viene a ser, con sus dos silvas, la obra más sobresaliente de Andrés Bello. En la primera silva, el autor invita a la Poesía a abandonar Europa por el prodigioso mundo descubierto por Colón, y el poeta alaba las grandiosas bellezas de la naturaleza americana. Después, Bello celebra las hazañas bélicas de la guerra de la independencia. En la Silva a la agricultura de la zona tórrida (1826) exhorta a los americanos a la paz, aconsejándoles trocar las armas por los útiles del labrador. Un estilo rico, de gran colorido, caracteriza en general toda su producción.
Obras filológicas
Pero quizás la de filólogo haya quedado como la faceta más perdurable de la personalidad de Bello. Ya se ha aludido a su reconstrucción del Poema del Cid; es preciso reseñar ahora su obra Principios de ortología y métrica de la lengua castellana, publicada en Santiago de Chile en 1835. La primera parte, la ortología, en la que analiza las bases prosódicas del español y los vicios habituales de pronunciación, especialmente los de Hispanoamérica, se considera hoy envejecida ante los modernos estudios de fonética, que han renovado totalmente esta disciplina.
Pero la métrica, que es la obra de un erudito y de un poeta, sigue teniendo plena actualidad. Frente a Hermosilla y Sicilia, que representaban el criterio neoclásico que quería a todo trance ver en el verso castellano la sucesión de sílabas largas y breves (es decir, un remedo de los pies griegos y latinos), Andrés Bello planteó los verdaderos fundamentos del verso castellano: "Después de haber leído con atención -dice- no poco de lo que se ha escrito sobre esta materia, me decidí por la opinión que me pareció tener más claramente a su favor el testimonio del oído".
Bello se basó en el oído y, también, en la práctica de los buenos poetas. Y así como deslatinizó la gramática castellana para analizar el verdadero sistema gramatical de su lengua, desterró de la métrica castellana (como señaló Pedro Henríquez Ureña) el fantasma de la cantidad silábica que había dominado todo el siglo XVIII. Los estudios de Bello pusieron el verso castellano sobre sus bases silábicas y acentuales.
La Real Academia Española, que había nombrado a Bello miembro honorario en 1851, aceptó sus principios en acuerdo del 27 de junio de 1852 y le pidió permiso para adoptar su obra, reservándose el derecho de anotarla y corregirla. De mayor importancia es aún su Gramática de la lengua castellana (1847), obra renovadora, de sencillez revolucionaria, impregnada del buen sentido y de la intuición genial que caracterizó la vida y la obra de aquel hombre sencillo e ilustre.
Obras filosóficas y jurídicas
La Filosofía del entendimiento fue publicada póstumamente como primero de los quince tomos de las Obras completas de don Andrés Bello, edición patrocinada por Chile que vio la luz a partir de 1881. Por las partes de esta obra aparecidas a partir de 1843 en la revista El Araucano, consta que Bello estaba en posesión de sus ideas básicas sobre filosofía desde esa época. Pensada como libro de texto, pero elaborada de forma innovadora, tiene como objeto de investigación un campo mucho más amplio que el mero entendimiento humano, puesto que en él incluye hasta la metafísica.
De primera formación escotista, con tendencias a la ciencia fisicomatemática, que predominaba cuando Bello estudió en Caracas (1797), y de matiz sensista, a lo Condillac, tendencia entonces dominante aun entre los religiosos, Bello acentuó cada vez más sus preferencias por el idealismo estilo Berkeley, impregnado de un espiritualismo muy a lo Cousin. De la formación inicial en las ideas de Escoto guardó, aparte de la separación reverente de fe y razón, la afición y cultivo de la gramática lógica pura y de la lógica matemática, que se hallan en la segunda parte de Filosofía del Entendimiento y que son cronológicamente independientes de los ensayos primeros en lógica matemática de Boole. La obra mereció grandes elogios de Marcelino Menéndez Pelayo, quien en 1911 la juzgaría "la más importante que en su género posee la literatura americana".
En el plano jurídico, los Principios de derecho de gentes (1832) de Andrés Bello ilustran su condición de jurista preparado y capaz, de reputado político e internacionalista que desempeña importantes cargos públicos en Chile y cuyos servicios son solicitados por los Estados Unidos para un arbitraje en cuestión de límites, y también por Perú y Colombia. Más influyente sería aún su labor como redactor del Código Civil chileno de 1852, cuerpo jurídico promulgado en 1855 que reglamenta las relaciones de la vida privada entre las personas. En vigencia desde 1857, fue un código modelo para diferentes naciones sudamericanas, y no necesitó de una primeras reformas hasta 1884.
En 1840, 1841 y 1845 se habían nombrado comisiones encargadas de redactar un proyecto de Código Civil, pero indefectiblemente habían terminado sucumbiendo ante la magnitud de la empresa y disolviéndose sin lograr resultado alguno. Andrés Bello, miembro de la última, prosiguió por sí solo dicho trabajo, hasta que, concluido, pudo presentarlo en 1852 al gobierno, el cual ordenó su impresión y nombró una comisión revisora presidida por el propio presidente, Manuel Montt. Cumplida esta tarea, el proyecto fue enviado para su aprobación al Congreso Nacional. El 14 de diciembre de 1855 se promulgaba como ley de la República para comenzar a regir el 1 de enero de 1857.
El nuevo código armonizó sabiamente el antiguo derecho de Roma y de España con los nuevos principios de la Revolución Francesa recogidos en el Código Napoleónico. A diferencia de las excentricidades que cometían algunos gobiernos de la región, como el de Andrés Santa Cruz, que en su tiempo había dispuesto la traducción y promulgación del Código Napoleónico para Bolivia, Andrés Bello supo adaptar a la realidad cultural americana la tradición jurídica europea. Por esta razón, fue adoptado como propio por otros gobiernos americanos y en Chile se encuentra aún vigente, aunque, obviamente, con cambios significativos.

lunes, 16 de marzo de 2015

SANTA TERESA DE JEÑUS


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SANTA TERESA DE JESÚS (1515/03/28 - 1582/10/04)


INTRODUCCIÓN

La vida de los mortales tiene un comienzo, el día de su nacimiento; y un final, día de su su fallecimiento. En la vida de Teresa se distinguen dos etapas:

La primera, desde su nacimiento ( 28 de febrero de1515) hasta su conversión definitiva(1554).
La segunda, desde su conversión definitiva (1554) hasta su muerte (4 de octubre en Alba de Tormes de 1582).

La vida de Teresa se desenvuelve en una época de esplendor cultural, como es el Siglo de Oro, pero también es una época de convulsiones y bancarrotas económicas. “Teresa de Ávila fue plenamente consciente de los acontecimientos de su tiempo. Es sorprendente la cantidad de referencias que encontramos en sus obras al Concilio de Trento, a las guerras de religión, a las revueltas de los moriscos, a los enfrentamientos con Francia y Portugal, a los procesos inquisitoriales y a los Índices de libros prohibidos, a las conquistas americanas y a los productos que de allí llegaban: patatas, cocos, pipote, tacamata... Como veremos, tuvo relación con S. Pedro de Alcántara, S. Juan de Ávila, S. Luis Beltrán, S. Francisco de Borja y S. Juan de la Cruz, entre otros” (P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d: file:///C:/Users/Jose%20Antonio/Pictures/Santa%20Teresa%20de%20Jes%C3%BAs/SANTA%20TERESA%20DE%20JESUS.htm).

Teresa de Cepeda y Ahumada vivió durante el llamado «siglo de oro español». Época compleja, en la que la «monarquía católica» alcanzó su máximo poderío económico, militar y político. Contemporánea de Erasmo de Roterdam, Martín Lutero, Carlos V y Felipe II. Por entonces compuso su música Tomás Luis de Vitoria y escribieron Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León y Cervantes. Mientras Juan de Herrera construía El Escorial, Diego de Siloé, Juan de Juni y el Greco realizaban sus mejores obras. «La Celestina» o «El Lazarillo de Tormes», también contemporáneos, nos describen perfectamente las contradicciones de aquel tiempo” ( P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d: file:///C:/Users/Jose%20Antonio/Pictures/Santa%20Teresa%20de%20Jes%C3%Bas/SANTA%20TERESA%20DE%20JESUS.htm).


ETAPA PRIMERA, DESDE SU NACIMIENTO (28 de febrero de 1515) HASTA SU CONVERSIÓN DEFINITIVA(1554).

Nacimiento

Teresa de Cepeda y Ahumada, hija de Alonso Sánchez de Cepeda y de Beatriz de Ahumada, de una noble familia a abulense, nace a las cinco de la tarde en Gotarrendura (Ávila) el día 28 de marzo del año 1515. Reiteramos que nació en Gotarrendura, y no en Ávila capital, cuya afirmación está avalada por tres datos: uno, la existencia de su propia partida de nacimiento, faltando en el Libro de nacimientos de Gotarrendura 30 hojas correspondiente a la fecha de su nacimiento; dos, sus hermanos nacieron tambien en Gotarrendura, así como su madre falleció en esta localidad; tres, en el mismo centro del pueblo todavía hay propiedades, como es la existencia de un palomar del principio del siglo XV, (declarado Bien de Interés Cultural) de la familia y mencionado por Teresa de Jesús en alguno que otro de sus escritos.
Por esta localidad pasó el cortijo fúnebre de la Reina de Castilla, Isabel La Católica. Actualmente pasa el Camino de Levante, correspondiente al Camino de Santiago.
Gotarrendura, es una localidad de 10 kilómetrtos cuadrados de la provincia de Ávila,separadas por una distancia de 19,10 km y a 23 km por carretera.

Configuración familiar

Alonso Sánchez de Cepeda se casó dos veces, las dos con hijas de terratenientes. La primera con Catalina del Peso y Henao, con la que llevada dos años casados cuando tiene lugar su fallecimiento en 1507 por la peste y con la que tiene tres hijos: Juan, María y Pedro. Las segunda con doña Beatriz Dávila y Ahumada, con tan sólo 14 años y que fallecería con 33 años (1509), con la que tuvo nueve hijos: Fernando, Rodrigo, Teresa, Lorenzo, An­tonio, Pedro, Jerónimo, Agustín y Juana. En su configuración familiar hay, pues, 12 hermanos. Ella misma contó: “Éramos tres hermanas y nueve hermanos»,y ella misma admitía que era la favorita de su padre.
Su nacimiento tiene lugar-dice el P. Eduardo Sanz de Miguel- “en una casa grande, acomodada con huerto, noria y establos, arcones, tapices y alfombras” A los pocos día de nacer, el 4 de abril del mismo año que nace es bautizada con el nombre (siguiendo la costumbre de la época de que los hijos tomaran indistintamente el apellido de la madre) de Teresa de Ahumada en la parroquia de San Juan. Aún se conserva la pila donde fue bautizada y la casa donde vivió siendo niña” (file:///C:/Users/Jose%20Antonio/Pictures/Santa%20Teresa%20de%20Jes%C3%BAs/SANTA%20TERESA%20DE%20JESUS.htm)
Su vida en este mundo terrenal se reduce a 67 años, los mismos de que dispone para ir desenvolviéndose en las diferentes etapas biológicas y psíquicas de su vida- infancia, niñez, pubertad, adolescencia, juventud, adultez y ancianidad-, para irse formando humana y académicamente, para ir dando cumplimiento a su vocación religiosa y a cuantas responsabilidades la vida le va demandando, que no son pocas.

Infancia y niñez

No cabe la menor duda que Teresa,ya desde su infancia, manifiesta ser inteligente, espabilada y decidida. Su vida desde sus inicios se desenvuelve en un ambiente familiar dado a la cultura. A este respecto dice el P. Eduardo Sanz de Miguel: “ El alto nivel de vida fue vaciando las arcas del padre, el cual gastaba gran parte de su tiempo entre libros de Séneca, Boecio, vidas de Santos... que él mismo se encargaba de leer a sus hijos. La madre también era una apasionada de la lectura, especialmente de los libros de caballerías. Desde muy pequeña, Teresa heredó esta afición de sus padres: «Era tan en extremo lo que en esto me embebía que, si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento» (V 1,1)”. La época es de gran esplendor cultural y de aventuras; no es sorprendente de que en dicho espíritu influyera el espíritu de dicha época. Ella misma, manifiesta su afición a los libros de caballería y a la vida de los santos. Siendo niña , a los 7 años ( 1522), llegó a fugarse con uno de sus hermanos, Rodrigo, para convertirse en toda una mártir en tierra de moros. Idea que no pudieron llevar a cabo por ser descubiertos por su tío Francisco, hermano de su padre, cuando todavía se encontraban en las murallas.
Después, en su cavilar, se les ocurre cambiar de aventura; cambian por el juego al ermitaño, para lo cual se construyen una cabaña en la huerta de la casa y se convierten en ermitaños. No hacen, pues, otra cosa que seguir el espíritu de aventura de los tiempos: guerreros que parten a Flandes, conquistadores de América; espíritu que influye en la literatura, a la que acude Santa Tersa y con la que tan absorbida queda.
El resto de su infancia, teniendo en cuanta su contexto familiar debió ser como la del resto de los niños; sencilla, sin grandes alteraciones, de juegos, educándose y aprendiendo la letras y las ciencias en la fe.
Le gusta leer. Pero también le encanta coquetear, tiene sus sueños, y sus admiradores. Sueña con ser una dama que se arregla y se perfuma para atraer a galanes. El coqueteo le encanta, para lo cual tiene una prima como referencia y un primo que la corteja y por el cual se siente atraída, cosa que no le hace mucha gracia a sus padre. 
 
Adolescencia y juventud: vocación religiosa, angustia y enfermedad

Se puede decir, que su infancia termina cuando muere su madre, en el año 1528, teniendo Teresa 13 años. Es todo un golpe para ella, se queda tan abatida y derrotada que no se halla a sí. Pide a la Virgen que la adopte, que la haga su hija. Y con ese inmenso dolor, su padre le hace saber que no le gusta la relación que tiene con su primo; nunca mejor dicho le viene a Teresa el refrán:”tu que no puede llevame a cuestas”. Al golpe de la madre se le suma la del primo. ¿Quién da más?
La razón por la que a su padre no le gusta la relación con su primo es , pues, que son primos y eso no es ni estético ni ético, viene a ser como un atentado a la honra; y eso supone que van a estar en el comentario de la gente. Por estas razón decide internarla, cuando ya contaba con 16 años, como pupila con las monjas agustinas en el convento de Santa María de Gracia, era el año 1531. Teresa, psíquicamente, se encontraba mal. En los más profundo de su ser sentía un mal estar difícil de explicar. En dicho año se casa su hermana María, y su hermano Hernando se fue e las Indias en 1530. En dicho monasterio estuvo año y medio.
Al año siguiente acusa una grave enfermedad, “calenturas con grandes desmayos”. Y con esta calenturas empieza una vida señalada por la enfermedad. Este el motivo por el que tiene que volver a su casa, 1532. Su padre la lleva a tomar baños minerales y aparecen los primeros síntomas de sus neurosis.
Desde los 18 a los 20 años, es decir, de 1533 a 1535, la vida de la Santa transcurre en Ávida sin determinarse todavía a tomar estado, entre la buena saciedad abuense, a la que por rango pertenecía, con las naturales y hones­tas expansiones juveniles. Su religiosidad cada vez la hace gustar más de la vida retirada y piadosa.
Teresa comunicó a su padre el deseo de hacerse monja, pero éste se negó a que lo pudiera realizar «mientras él estuviera vivo». Así que esperó el momento oportuno para huir en medio de la noche, en compañía de su hermano Antonio, al que había convencido para que entrara en los Dominicos. Era el 2 de noviembre de 1535. Teresa contaba 20 años y era tal el afecto que tenía a su padre, que sintió un terrible dolor al dejar su casa: «No creo será más el sentimiento cuando me muera, porque me parece que cada hueso se me apartaba de su sitio» (V 4,1). Pronto aceptó su padre la novedad y ofreció una generosa dote: veinticinco fanegas de pan, una cama con dos colchones, seis almohadas, dos cojines, alfombras, ropas abundantes, hábitos, sayas, mantos, velas, limosnas... y hasta tocas nuevas y un banquete para todas las religiosas del convento. Ella se adaptó bien a su nuevo estado: «En tomando el hábito, entróme un gran contento, que no me ha faltado hasta hoy» (V 4,2) ( P. Eduardo Sanz de Miguel,o.c.d: file:///C:/Users/Jose%20Antonio/Pictures/Santa%20Teresa%20de%20Jes%C3%BAs/SANTA%20TERESA%20DE%20JESUS.htm).
Más de 100 monjas había en el monasterio al ingresar ella. Allí se encuentra una amiga suya, Juana Suárez, con la que mantiene largas conversaciones y la que la lleva al conocimiento de su vocación. Su hermano Rodrigo parte en septiembre de 1535 a América y muere al año siguiente, o tal vez a comenzar el 1537, luchando contra los indios “payaguas” en tierras bañadas por el rio Plata. Todas estas desgracias hacen mucho daño a Tersa de Jesús; daño que soporta con un estoicismo admirable y con una entereza sencilla y trágica.
Con 21 años (1536), vistió el hábito carmelita, y al año siguiente profesa (1537). Sus hermanos van tomando sus propia vida: unos, entre los que se encuentra Rodrigo, se vana la conquista de Perú, con los que tiene afligida despedida y una nostalgia imaginativa permanentemente por el peligro y cariño fraterno que supone el lugar se su estancia y su ausencia, y su hermana María se casa.
Adultez
Aquel año en el que profesa (1537), cuenta 22, se pone por nombre Teresa de Jesús; año en el que se va sintiendo mal, tal mal que enferma, sufre un ataque de parasismo. En otoño de 1538 la llevan para curarla a Becedas, pero al no poder ser atendida por la curandera a la que iban hasta la primavera, se quedaron en Castellanos de la Cañada, localidad de Ávila donde vivía su hermana María, casada con Don Martín de Guzmán y Barrientos, agricultor y ganadero, localidad que no contaba más que con diez vecinos y una modesta capilla.
En dicha localidad en la que que estuvieron 9 meses, desde la cual la llevan en primavera a Becedas, en este mismo año 1538, para ser atendida por afamada curandera, que no pudo atenderla en otoño de este mismo año por no disponer aún de as hierbas que le tenía que aplicar para su curación. Lugar al que vuelve varias veces Teresa de Jesús a los 61 años (1576).
En el camino hacia Castellanos de la Cañada, se hospedaron durante unos días en casa de su tío Pedro, en Hortigosa, que distaba cuatro leguas de Ávila. Durante esos días su tío Pedro, hombre religioso y de gran virtud, y lector de obras ascética y religiosas le sirve a la Santa para afianzar su vocación, le entrega a su sobrina el “Tercer Abecedario el Tercer abecedario”, de fray Francisco de Osuna. En su lectura le llama la atención la frase: “Lo que falta no es escribir o el hablar, sino el callar y el obrar. El hablar distrae y el callar y el obrar recoge y da fuerza al espíritu”. Hay que guardar el corazón a modo de Castillo interior. Este ejemplar, leído y releído de manera permanente por Teresa de Jesús se conserva aún como una joya reliquia en el convento de las Carmelitas Descalzas de San José de Ávila.
Estando en Castellanos de Cañada, su amiga Juana Suárez se siente preocupada por Teresa. Esta enfermedad te ha vuelo muda, dime algo. Ambas hablan del amor de su hermana María respecto a su marido, y le pregunta Juana: ¿Se amaron siempre?
- Teresa contesta: ”El amor solo vale cuando es para siempre”.
En otro momento, estando en misa, Teresa de Jesús se lleva las manos a la cabeza. Se siente mal. Al salir de Misa le pregunta Juana. ¿Está mal o es que estás cansada?
- No te preocupes por mi. No puedo contestarte- Son cosas que no se pueden explicar – le contesta Teresa-
En la primavera del año 1539 van a Becedas, y nada más llegar va a la curandera acompañada de su hermana María y su amiga Juana; en la casa donde trabaja la curandera se encuentra con un panorama poco estimulante: personas devolviendo, con arcadas, etc. Es un lugar lúgubre y paupérrimo. Al entrar ella, le dice a la curandera que le dan convulsiones, desmayos y que tiene perdida las ganas de comer y que siente como llagas en el corazón. Le da dos preparados de hierbas (sangrías) y le hace que se lo tome todo. Le dice que se lo tiene que estar tomando durante un mes, y que es cosa del hígado. Varia veces va a la curandera, pero ella no mejora, se sigue encontrando mal sigue con sus convulsiones. La curandera les dice que son muy impacientes, que requiere su tiempo.
Teresa quiere confesarse, pero le recomiendan que no lo haga con el cura porque hablan mal de él y cuentan que tiene su manceba. ¿Qué más dicen? Pregunta Teresa. No obstante, ella se confiesa, y al terminar la confesión Teresa le pregunta al cura: ¿Qué ocurre, Padre? ¿No me absuelve?. Y acto seguido le dice al cura: Nadie es un miserable a los ojos de Dios.
- El cura se arrodilla ante ella.
¡Jesús que desatino! - dice ella- Y él se confiesa. Y acto seguido la perdona, la absuelve.
El cura queda cautivado, expectante; la busca, quiere hablar con ella; al final la encuentra, se rompe la camisa, se quita un idolillo que lo lleva colgado desde que se lo usa la manceba en el cuello y se lo da a Teresa de Jesús;y , sin hablar palabra, se marcha rápido.
¿Qué te ha dado? - Le pregunta Juana- Pero Teresa lo tira al agua del río.
Teresa empeora. Deciden volver a Ávila. El cura sigue su lucha, la manceba le sigue, pero él sigue adelante y no vuelve a las andadas.
Vuelve, pues, a Ávila en agosto de 1939, sigue mal. De nuevo quiere confesarse. Y entra en coma. El cura le da la extremaunción. La dan por muerta. Le hace las prueba con un espejo: le miran los ojos, los párpados, pero ella no da señales de vida. Después se lo hace con cera: le dejan caer gotas de cera por la frente, nariz y cejas. El médico confirma, pues, que ha muerto. Su padre se resiste, dice que no ha muerto, que no puede ser. La amortajan. El padre sigue insistiendo y vuelve a decir: a mi no me parece que ha muerto, late.
La siguen amortajando. En la Encarnación ya está todo dispuesto. Acaban de abrir la sepultura- dice Juana- Pero esta a la vez que llora se percata de que respira, que mueve uno de los dedos de la mano derecha. Y el padre presiente que que es un milagro y dice: parece que se mueve
Maria le dice: padre no es un milagro.
Teresa está conversando con ella misma, pero no se le entiende nada.
Dos años después (1542) se incorpora en la Encarnación y sus daños físicos persisten. Todos en Ávila la consideran santa, y todos en Ávila preguntan por ella. “Estoy agotando el tiempo en memeces”-dice teresa de Jesús. Lentamente se va recuperando. Empieza a gatear. Milagro de San José- dice una de las monjas.
No obstante, debido a las secuelas, no pude valerse por si misma durante los tres años posteriores. Vive, pues, una etapa de angustia y enfermedad hasta el año 1542; año en el que ella tiene 27 años.
Siete fueron los años de enfermedad y de angustia. Años en lo que ella confiesa que aprendió a confiar totalmente en Dios y comenzó a practicar la oración por el método de “recogimiento”, recogido en el tercer abecedario espiritual de Francisco de Osuna.
“A finales de 1543 enferma su padre. Desde hacía 5 años practicaba la oración y había cambiado el tenor de su vida, eliminando lujos y criados, vistiendo con sencillez, intentando arreglar sus maltrechas finanzas. Sus hijas le atiende con solicitud en su enfermedad, hasta que fallece muy cristianamente” (P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d: file:///C:/Users/Jose%20Antonio/Pictures/Santa%20Teresa%20de%20Jes%C3%BAs/SANTA%20TERESA%20DE%20JESUS.htm#4.%20MONJA ).
A Teresa solo le queda su padre del cielo, al que se entrega totalmente: sin tregua, sin cansancio y sin condiciones.
Una vez que se recupera de sus dolencias, comenzó con uno grupo de religiosas de la Encarnación a enseñarles la vida de oración y a pensar en la reforma de la orden carmelita para acabar con el rigor relajado por Eugenio IV en 1432 e implantar el antiguo rigor, ya que se percata de que la vida conventual era un tanto relajada para unas 200 monjas que vivían en el monasterio gozando de gran libertad para salir y recibir visitas; cosa que Teresa de Jesús no veía bien, pues, pensaba que era un régimen muy abierto. Motivo, pues, de sus reformas.
Recuperada, en 1543, le encargan ir a pedir a casas importantes de la de la nobleza de Ávila, cosa que a veces comenta que no le apetece dicha encomienda. Piensa que debía dedicarse a otros menesteres. Es muy exigente en sus penitencias. Está triste. Estoy vaciá-dice- Lo cierto es que lo está pasando mal, muy mal. No encuentra, dice, a Dios. Hay que tener más humildad.
Necesito ayuda, mucha ayuda y consejos como el vuestro, les dice Teresa a las monjas que le acompañan.
“Su vida cotidiana se repartía entre los rezos comunitarios, la lectura espiritual, la oración personal en su oratorio privado, el cuidado de las enfermas de la casa y la atención a las numerosas personas que solicitaban su compañía en el locutorio. Los testimonios de la época nos hablan de la generosidad y de la piedad de la Hermana Teresa, así como de su simpatía y de la llaneza de su trato. Muchos la consideran una «santa religiosa». Ella, sin embargo, no termina de estar contenta, se encuentra dividida: «Por una parte me llamaba Dios, por otra yo seguía al mundo. Dábanme gran contento todas las cosas de Dios, teníanme atada las del mundo. Paréceme quería concertar estos dos contrarios» (V 7,17). En esta tensión se mantuvo durante 10 años, hasta que Dios la venció totalmente. Al respecto, exclama: «Antes me cansé yo de ofenderos que vos de perdonarme». (P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d.:
file:///C:/Users/Jose%20Antonio/Pictures/Santa%20Teresa%20de%20Jes%C3%Bas/SANTA%20TERESA%20DE%20JESUS.htm#4.%20MONJA).



ETAPA SEGUNDA, DESDE SU CONVERSIÓN DEFINITIVA (1554) HASTA SU MUERTE (1582)

Así describe el P. Eduardo Sanz de Miguel, o.c.d: “En este tiempo, su corazón inquieto interpretó varios acontecimientos como llamadas personales de Dios. En cierta ocasión, cuando estaba atendiendo a una visita, sintió que el Señor la miraba enojado. Otra vez le hizo reflexionar la presencia de un sapo de gran tamaño en el locutorio. En algunos sermones le parecía que el Señor la llamaba a grandes voces. Cierto día, al entrar en su oratorio y ver allí la imagen de «un Cristo muy llagado», se siente dolorida por lo mal que ha pagado tanto amor y, entre lágrimas, le suplica fortaleza para no ofenderle más (V 9,1). Poco tiempo después se siente interpelada por las «Confesiones» de S. Agustín. «En especial, después de estas dos veces de tan gran compunción comencé más a darme a la oración... y fueron creciendo las mercedes espirituales... Me venía un sentimiento de la presencia de Dios, que en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí y yo toda engolfada en él» (V 9,10). Estamos en 1554. Teresa contaba 39 años y se dispone a comenzar una nueva etapa de su vida. De hecho, cuando nos cuente su historia, se siente obligada a hacer un gran paréntesis aquí, para introducirnos unas reflexiones sobre la oración, que nos ayuden a comprender lo que vendrá después. Al retomar el relato, dirá: «Es otro libro nuevo de aquí adelante, digo otra vida nueva» (V 23,1). (file:///C:/Users/Jose%20Antonio/Pictures/Santa%20Teresa%20de%20Jes%C3%BAs/SANTA%20TERESA%20DE%20JESUS.htm#5.%20LA%20%C2%ABCONVERSI%C3%93N)
Con su conversión definitiva ante un Cristo llagado nace de nuevo Teresa de Jesús y comienza la segunda etapa de su vida. La de su fecundidad espiritual, mística y literaria. La etapa de fundadora», subraya la filóloga especialista en la figura de Santa Teresa.
Estamos en 1554,Teresa de Jesús cuenta ya con 39 años. Era tiempo de cuaresma, llevaba 19 años de de vida religiosa, y llorando ante Cristo llagado le pide fuerzas para no ofenderle. En aquel tiempo empieza atener visiones “imaginarias e “intelectuales”. Visiones que van a ir teniendo a lo largo de su vida, y que son las que determinaron sus crisis para buscar si aquello procedía del “Espíritu de Dios “ o del “demonio”. Es, pues, su conversión definitiva.
A sus s 39 años de edad, Teresa cambia de vida. El suyo es un cambio radical. No sólo ético o psicológico, sino total: afecta a la persona de Teresa en sus estratos más profundos. Le fija el rumbo de vida. Cambia su sistema de relaciones con Dios. Pone fin a la lucha agónica de los capítulos anteriores. Y marca el alboreo de una nueva y larga jornada, que durará hasta la muerte. Sin fisuras ni revi­siones ni zozobras de timón.
 

Vigilada y amenazad por la Inquisición.

Europa está dividida por la guerra de región. Europa, pues, está convulsa y todos los movimientos que se hacen notar con novedades aperturistas e intimidad pone en vanguardia a los inquisidores.
A este respecto no tiene desperdicio lo que nos dice el P. Eduardo Sanz, o.c.d.: “El nuevo Inquisidor general, Francisco Valdés y su terrible consejero, el Teólogo escolástico Melchor Cano, llenaron las cárceles con los discípulos de Cisneros, con los erasmistas, con los alumbrados... Incluso fueron condenados el ex-secretario de Cisneros, el Obispo de Verisa, Juan de Cazalla y hasta el Arzobispo de Toledo y Primado de España, Bartolomé de Carranza, por atreverse a escribir cosas como ésta: «No hay que maravillarse de que Dios quiera comunicarse a las mujeres y a los labriegos antes que a los letrados». Incluyen, uno tras otro, todos los libros que tratan de espiritualidad en el Índice de libros prohibidos (sólo en 1551 publican 4 Índices).
En otoño de 1558, dentro de esa vigilancia, comentan de ella que es una monja singular, que hay que vigilarla, pues, sus orígenes son los de un abeulo judíos al que le llamaban el toledano. En sus confesiones, aparte de no creer las cosa que contaba sobre Dios: “nadie pude estar dentro de mi , como está Dios, el cual veía”.
El confesor pensaba que era soberbia, y que tenía que rezar permanentemente el “Yo pecador”. En las confesiones, tanto durante, como después se lo pasaba mal. Descargaba todo cuanto llevaba en su adentro sincera, llana y vorazmente, pero cuanto le decía a su confesor lo ponía en duda y le producía incomodidad. Se hacia, pues, incómoda, razón por la que tiene que recurrir a varios confesores.
Muy poco después, en 1559, Felipe II obliga a regresar a todos los españoles que estudian o enseñan en el extranjero, se prohíbe introducir en España libros publicados fuera de sus fronteras y traducir al español libros escritos en otros idiomas, incluso harán quemar las obras de Sto. Tomás de Villanueva, S. Francisco de Borja, S. Juan de Ávila, Fray Luis de Granada, y todos los libros que ella había devorado con ansias de aprender y había recomendado a tantas otras personas. Famosos son los autos de fe realizados en Valladolid y Sevilla en 1559, en los que se llevaron a la hoguera, acusadas de alumbradas, gentes muy principales del Reino. No es extraño el miedo que surge en los confesores de Teresa cuando les habla de su oración, hasta llegar un momento en que ningún sacerdote de Ávila quiere aconsejarla. Este clima envenenado explica las continuas contradicciones de los años posteriores: denuncias a la inquisición, secuestro del libro de la Vida, castigos, persecuciones... Y el descanso que supuso para la Santa poder exclamar, antes de fallecer: «Muero, al fin, hija de la Iglesia» “ (P. Eduardo Sanz de Miguel,o.c.d. : file:///C:/Users/Jose%20Antonio/Pictures/Santa%20Teresa%20de%20Jes%C3%Bas/SANTA%20TERESA%20DE%20JESUS.htm#5.%20LA%20%C2%ABCONVERSI%C3%93N).
En el monasterio de la Santa tambien se queman libros. Teresa de Jesús, siguiendo el índice de los libros objeto de quema, recoge cuanto tienen que ser quemados, se los da a una de las monja para que lo eche ella a la hoguera. haga ella. “Desde ahora en adelante, Señor, Tú será mi libro vivo” -dice muy Teresa de Jesús-
Con determinada frecuencia vivía momento de éxtasis. Su alma quedaba en estado enteramente embargada por sentimientos de admiración y alegría en tanto sentía tener el disfrute de Dios, de los ángeles. En uno de esos éxtasis le dice a una monja, Mª. Paz, que pasa a su celda cuando está en el final: He visto un Ángel, no era grande sino pequeño y muy hermoso.
Y en otra ocasión le dice: cantas veces le pido a Dios que me libre de estas cosas.
Confesándose con Fray Pedro de Alcántara encuentra compresión, al que le dice: Padre tengo mucho dolor, “no es un dolor corporal, sino espiritual”. Al terminar su confesión, en el goza de haber sido comprendida, le dice. “ Os lo he contado todo, todo tan mal, tan desmañadamente”. Al irse su confesor; es decir, Fray Pedro de Alcántara, le dice este:quedar con Dios, hija mía.

Reformas y fundaciones.

Cuando consigue tener claro el ideal de reforma de la orden, Teresa de Jesús que tenía 42 años (1562), funda el convento de San José. Y en en 1563 redacta las Constituciones, que fueron aprobadas en 1565 por Pío IV, y que se basan en los siguientes puntos: vida de oración en la celda, ayuno y abstinencia de carne, renuncia de rentas y propiedades, comunales o particulares, y práctica del silencio.
Es el momento en que que comienza una nueva etapa en su vida. Su dedicación a la contemplación y la oración es compartida con una actividad extraordinaria para conseguir el triunfo de la reforma carmelita.
Su camino religioso es un vivir para Dios sin descanso y dedicada por entero a la contemplación, a la oración, a sus escritura y a las reformas y fundaciones. Fundaciones que llegaron a ser hasta un total de 17 conventos: Ávila (1562), Medina del Campo (1567) y en Duruelo el primer convento reformado masculino, el Carmelo, merced a la ayuda de San Juan de la Cruz, que le conoció en Medina del Campo, cuando ella tenía 52 años y él 24, y del Padre Antonio de Heredia, al que convenció para que participara en su reforma y no marchara a la cartuja de El Paular; Malagón (1568), Valladolid (1568); Toledo (1569), Pastrana (1569), Salamanca (1570), Alba de Tormes (1571), Segovia (1574), Beas de Segura (1575), Sevilla (1575), Caravaca de la Cruz (1576), Villanueva de la Jara (1580),  Palencia (1580), Soria (1581); Granada (1582), cuya fundación la hizo Ana de Jesús, aunque aún vivía Santa Teresa;y Burgos (1582), en el año de su muerte.
Al regresar de la fundación de Burgos se pasa por Medina del Campo, y estando en esta ciudad es llamada en Alba de Tormes por la Duquesa de Alba. Pero la Santa se encuentra enferma, muy agotada. Sus últimos respiros los da en el calor de los brazos de Ana San Bartolomé en la noche del 4 de octubre al 15 de octubre de 1582
Llevar a cabo las fundaciones no es un camino de rosas. Por el contrario supone ser toda una aventura humana y burocrática con muchos escollos, que le suponen mucho esfuerzo, abatimientos que demanda estímulos, consuelo; y, no siempre, los encuentra de manera continuada y contundente. Su confesor, por ejemplo, un día aprueba lo que hace, y otro se lo desaprueba. El Provincial, unas veces la apoya y otras no con en. El Obispo, que nunca dudó de ella, en momentos claves muestra inseguridad con determinados titubeos. Son muchos altibajos los que encuentra en su camino. Los mismos que la llevan a que muchas veces viva la tremenda sensación de que todo es un fracaso. Son momentos de verdadero abatimiento, pero ella siempre se levantaba, se retiraba a su celda, y siempre obediente, hacia sus oraciones en las que se entregaba a Jesús, a su Amado Jesús que era el único que le infundía fuerza para ir resistiendo los embates que encontraba en el quehacer de las fundaciones y reformas. Y cuando parece que todo fracasa se encuentra con los que van a lograr la autorización, como son Doña Guimar de Ulloa y el Padre Ibáñez.

Muere cuando aún le quedan muchas cosas por hacer.

Aún no ha publicado ninguna de sus obras, sin haber hecho ninguna fundación, pese a su ilusión, en Madrid, sin haber separado la orden de los calzados de la de los descalzados sin la certeza de de que sus monasterios podrán permanece con el espíritu que les infundó.
De su gran obra, una escrita por su propia iniciativa (cartas, poesía y anotaciones) y otra , por obediencia a sus superiores, que consideraban importante que escribiera sus experiencias y enseñanzas; obra maestra que le requirió mucho esfuerzo y le supuso ser sospechada por la misma Inquisición, que la tuvo vigilada debido a que algunos de sus escritos incitaran a seguir el cisma iniciado en Europa , o se alejara de la doctrina de la recta doctrina de la Iglesia. Algunos de sus textos está autocensurados, y Meditaciones Sobre El Cantar de los Cantares” los quemó ella misma por orden de su confesor.
Para ayudar a sus religiosas a la realización de su ideal de vida religiosa compuso Camino de perfección (escrito entre 1562 y 1564 y publicado en 1583) y Las moradas o Castillo interior (1578). La reacción de los miembros de la antigua observancia carmelita llegó a su punto culminante en 1575, año en que denunciaron a los descalzos a la Inquisición. Un breve de Roma, en 1580, ordenó la separación de las dos órdenes.
Es una vida llena de coherencia. Su vida es el reflejo de lo que le decía a sus monjas: que las gracias recibidas en la oración son para darnos fuerza en servir a los demás. Y aunque ella es conocida por lo elevado de las gracias místicas y visiones que recibe, su oración no la aparta del mundo, sino que hace que se entregue con especial fuerza y respaldo a las obras que le son encomendadas sufriendo en viajes, discusiones y continuas trabas, burlas y desplantes de sus contemporáneos.

Confesores.

Muchos fueron sus confesores, unos de la orden de los jesuitas, otros de la de los dominicos. De los jesuitas, el primero fue el padre Diego de Cetina, Rodrigo Álvarez, el Padre Baltasar Álvarez Manrique.

De los dominicos fueron, según menciona en Relaciones, Fray Vicente Barrón, que la confesó durante año y medio en Toledo; el Maestro fray Domingo Bañes, que era consultor del Santo Oficio en Valladolid, con el se confesó durante seis años, y siempre trata con él por cartas, cuando algo de nuevo se le ha ofrecido; el Maestro Chaves; fray Pedro Ibáñez, que era lector en Avila y afamado letrado; fray García de Toledo, así como con el P. Maestro fray Bartolomé de Medina, catedrático de Salamanca y también fue , durante algún tiempo, el Padre Maestro Fray Felipe de Meneses , prior o Rector del Colegio de San Gregorio; el Provincial de Santo Domingo, llamado Salinas, hombre muy espiritual y gran siervo de Dios; y fray Diego de Yanguas (Relaciones 4, 8). Nau Rosset: http://rumboalvcentenarioteresiano.blogspot.com.es/2012/11/dominicos-confesores-de-santa-teresa-de.html.

Tres entierros oficiales.
La enterraron allí mismo, en el convento de Alba de Torres aunque antes de que se cumpliera el año se procedió a la primera exhumación del cuerpo, que se encontró incorrupto. El padre Jerónimo Gracián procedió al rito de amputarle una mano que llevó a las carmelitas de Ávila aunque sin el dedo meñique que se quedó para él.
Tres años después del fallecimiento la Orden de los Carmelitas Descalzos mandaron llevar el cuerpo a Ávila así que fue exhumado el 25 de noviembre de 1585 y se trasladó el cuerpo incorrupto aunque sin un brazo que se quedó en Alba de Tormes para compensar de la pérdida. La decisión provocó el rechazo de los Duques de Alba, que echaron mano de su poder para recuperar el cuerpo, según relata Nieves Conscostrina en «Polvo eres», y lo lograron puesto que Sixto V ordenó el traslado de nuevo a Alba de Tormes. En total se oficiaron tres entierros oficiales.
Su cuerpo aún incorrupto se encuentra hoy en una capilla de la Iglesia de la Anunciación de Nuestra Señora de Alba de Tormes, custodiado por nueve llaves aunque despojado de muchas partes de su anatomía. En Alba de Tormes se conservan sendos relicarios con el brazo izquierdo y el corazón de la santa, un pie y parte de la mandíbula se encuentra en Roma, la mano izquierda en Lisboa, un dedo en París, aunque la reliquia de la santa que ha tenido una existencia más agitada ha sido la primera mano que se le seccionó (M. Arrizabalaga: http://www.abc.es/archivo/20141015/abci-santa-teresa-201410131409.html)

Primera doctora de la Iglesia

En 1614 fue beatificada por Paulo V y en 1622 el Papa Gregorio XV la canonizó junto a San Isidro Labrador, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y San Felipe Neri. Hubo que esperar hasta 1970 para que fuera nombrada por Pablo VI Doctora de la Iglesia, junto con Santa Catalina de Siena. Su fiesta se celebra hoy, 15 de octubre.
En 1604 se inició el proceso de canonización de Teresa. Fue beatificada por Pablo V en 1614, canonizada por Gregorio XV en 1622, y nombrada doctora de la Iglesia Universal por Pablo VI en 1970. La primera mujer de las tres actuales doctoras de la Iglesia. Las otras son Santa Catalina de Siena y otra carmelita descalza: Santa Teresita del Niño Jesús.(http://www.santateresadejesus.com/santa-teresa-de-jesus-biografia/biografia/)
Su obra literaria: Ocho libros y medio millar de cartas
Santa Teresa de Jesús es una de las principales figuras de la literatura mística, dotando a sus textos de un exaltado sentido espiritual y vinculación divina por mediación de la vida contemplativa.
"El camino de la perfección", "Libro de las fundaciones", "Las Moradas" o su autobiografía "El libro de la vida" son sus libros más importantes.
En esos últimos 20 años de su vida escribió Santa Teresa el «Libro de la Vida», «Camino de perfección», «Meditaciones sobre los Cantares», «Moradas del castillo interior», «Exclamaciones», «Fundaciones», «Visita de Descalzas», las «Constituciones» para sus monjas, poesías y medio millar de cartas además de 66 «Cuentas de conciencia» para sus confesores. «Ella no podía predicar, pero sí podía decir lo que pensaba a través de las cartas, en las que no sólo se hablaba de su relación con Dios», señalaba el pasado domingo a Montse Serrador el historiador Javier Burrieza.

«Talismán» de Franco

Las carmelitas de Ronda conservan la célebre mano incorrupta de Santa Teresa que tras la Guerra Civil fue a parar a manos de Francisco Franco y éste llevó consigo como un talismán hasta su muerte. En su dormitorio del Palacio del Pardo hizo construir un altarcito para venerar la reliquia.
http://www.abc.es/archivo/20141015/abci-santa-teresa-201410131409.html

FRASES.

1a La vida es una mala noche en una mala posada.
1. No son buenos los extremos aunque sea en la virtud.
2. La verdad padece, pero no perece.
3. Si Satanás pudiera amar, dejaría de ser malvado.
4.Tristeza y melancolía no las quiero en casa mía.
5. Sólo amor es el que da valor a todas las cosas.
6. Considero yo muchas veces, Cristo mío, cuan sabrosos y cuan deleitosos se muestran vuestros ojos a quien os ama, y vos, bien mío, queréis mirar con amor.
7. Esta fuerza tiene el amor si es perfecto, que olvidamos nuestro contento por contentar a quien amamos.
8. La perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo.
9. No le parece que ha de haber cosa imposible a quien ama.
10. ¡Cuan triste es, Dios mío, la vida sin ti!
11. El amor perfecto tiene esta fuerza: que olvidamos nuestro contento para contentar a quienes amamos.
12. Si en medio de las adversidades persevera el corazón con serenidad, con gozo y con paz, esto es amor.
13. La tierra que no es labrada llevará abrojos y espinas aunque sea fértil; así es el entendimiento del hombre.
14. Quien a Dios tiene, nada le falta. Sólo Dios basta.
15. Lee y conducirás, no leas y serás conducido.
16. He cometido el peor de los pecados, quise ser feliz.
17. ¡Ay que larga es esta vida! / ¡qué duros estos destierros! / ¡esta cárcel, estos hierros / en que el alma está metida! / Sólo esperar la salida me causa dolor tan fiero, / que me muero porque no muero.
18. De devociones absurdas y santos amargados, líbranos, Señor.
19. Aunque las mujeres no somos buenas para el consejo, algunas veces acertamos.
20. Es para mí una alegría oír sonar el reloj: veo transcurrida una hora de mi vida y me creo un poco más cerca de Dios.
21. Si en medio de las adversidades persevera el corazón con serenidad, con gozo y con paz, esto es amor.
23. Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero.
24. En la cruz esta la vida y el consuelo, y ella sola es el camino para el cielo.
25. Que nada te traume, que nada te turbe, todo se pasa, solo Dios basta.
26. Todo el daño nos viene de no tener puestos los ojos en Vos, que si no mirásemos otra cosa que el camino, pronto llegaríamos...
27. Fuiste por amor criada hermosa, bella, y ansía en mis entrañas pintada, si te pierdes, mi amada, alma, buscarte has en mí.
28. Para mí la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada al cielo, un grito de agradecimiento y de amor en las penas como en las alegrías.
29. Tener gran confianza... Quiere su majestad y es amigo de ánimas animosas, como vayan con humildad y ninguna confianza en sí.
30. Dios no ha de forzar nuestra voluntad; toma lo que le damos; mas no se da a sí del todo hasta que nos damos del todo.
31. Quizás no sabemos qué es amar, y no me espantaré mucho; porque no está en el mayor gusto, sino en la mayor determinación de desear en todo a Dios y procurar en cuanto pudiéremos, no ofenderle.
32. La única razón que encuentro para vivir, es sufrir y eso es lo único que pido para mí.
33. Tengo experiencia en lo que son muchas mujeres juntas. ¡Dios nos libre!
34. Aunque las mujeres no somos buenas para el consejo, algunas veces acertamos.
35. Darse del todo al Todo, sin hacernos partes.
36. Las mujeres no necesitan estudiar a los hombres, porque los adivinan.
37. Lee y conducirás, no leas y serás conducido.
38. He cometido el peor de los pecados, quise ser feliz.
39. El amor, para que sea auténtico, debe costarnos.
40. Sin un corazón lleno de amor y sin unas manos generosas, es imposible curar a un hombre enfermo de su soledad.
41. No podemos hacer grandes cosas, pero sí cosas pequeñas con un gran amor.
42. El que no sirve para servir, no sirve para vivir.
El Amor solo vale si no es para siempre. Así se los dice a su amiga Juana jores que nosotros..."
aa hora la navecilla de nuestra alma hacia la santidad, que lo que nosotros habíamos conseguido en meses y años remando con nuestras solas fuerzas". (Santa Teresa de Jesús)
43. “Cuando recibimos al Señor, cerremos los ojos del cuerpo y abramos los del alma. Es el momento de tratar con él. Buen tiempo para oír sus enseñanzas, agradecerle y suplicarle que no se aparte de nosotros.” (Santa Teresa de Jesús)
44. “Cuando Jesús caminaba por el mundo bastaba tocar sus ropas para quedar curado; ¿qué no hará entrando dentro de nosotros mismos? Algunos hubieran preferido que se quedara resplandeciente y lleno de poder en el Santísimo Sacramento. Pero ¿qué pecador, como en mi caso personal, se hubiera atrevido a acercarse a él? Debajo de pan es fácil su trato. Disfrazado de esta manera, le hablamos casi de igual a igual, sin muchos miramientos y respetos. Parece que desea que nos acerquemos con frecuencia y con llaneza hasta él, de lo contrario ¿para qué se disfrazó?” (Santa Teresa de Jesús)
45. “Darse del todo al Todo, sin hacernos partes.” (Santa Teresa de Jesús)
46. “¿Qué apoyo o remedio llevaremos en el camino para no caer? El Maestro nos señaló dos: amor y temor. El amor nos hará apresurar los pasos, el temor nos hará ir mirando a dónde ponemos los pies para no tropezar. Pero ¿cómo sabemos si vamos con bastante provisión de amor y temor? El que ama verdaderamente a Dios, ama todo lo bueno. Quien de veras ama a Dios no puede amar vanidades, comodidades, deleites, honras o envidias. No pretende otra cosa que contentar al Maestro. Daría la vida para que fuera más conocido y seguido por otras personas… El otro remedio para el camino es el temor al mal. Temor al único mal de la humanidad: el apartarnos de él. Temor de salirnos del camino que nos conduce hacia él. Temor de nosotros mismos. Temor a que, por una locura, pongamos nuestros deseos por encima de los suyos. Por esto terminamos nuestra oración con la humilde y sincera expresión de nuestra debilidad “y líbranos del mal”.” (Santa Teresa de Jesús)
47. “En el desprendimiento está todo si es total y verdadero. ¿Por qué está todo en el desprendimiento? Porque el desprendimiento es dejar todo para abrazarse a Dios. Es entregarse totalmente a él sin dividirse en partes.” (Santa Teresa de Jesús)
48. “El desprendimiento y la humildad andan siempre juntas como dos hermanas inseparables. ¡Hermanas poderosas, señoras del mundo, libertadoras de todas las cadenas y enredos! Tan amadas del Maestro que nunca se las vio sin su compañía. Estas hermanas inseparables no temen a nada ni a nadie, pues no les importa perderlo todo. Lo único que les preocupa es descontentar a Dios.” (Santa Teresa de Jesús)
49. “¿Por dónde comenzar el desprendimiento de uno mismo? Lo primero es quitarse de encima la preocupación de la propia salud. ¡Es algo sorprendente el excesivo cuidado que le prodigamos a nuesgtro cuerpo! Es preciso ubicar cada cosa en su lugar. El objetivo de nuesra vida es servir a Cristo y para eso es conveniente mantener la salud y fuerzas corporales. Pero muchas veces sucede lo contrario, se cuida la salud y el físico como si fueran la meta de nuestra vida… y los días y los años transcurren en esos cuidados. Si nos dejamos dominar por el temor de posibles enfermedades, nunca haremos nada.
También es buen camino para el desprendimiento de sí mismo, el no andar quejándose por pequeñas dolencias o dolores. Si se puede aguantar, es mejor callarse. Cuando el mal es serio, ya nos daremos cuenta.” (Santa Teresa de Jesús)
50. “Las dolencias pueden impedirnos una oración prolongada, pero hay momentos en que es posible orar. Y la misma enfermedad se puede transformar en oración, cuando se la ofrece al Señor y se la acepta como venida de su mano.” (Santa Teresa de Jesús)
51. “Si nos dejamos dominar por el temor de posibles enfermedades, nunca haremos nada.” (Santa Teresa de Jesús)
52. “La humildad es la verdad” (Santa Teresa de Jesús)
53. “El desprendimiento y la humildad andan siempre juntas como dos hermanas inseparables. ¡Hermanas poderosas, señoras del mundo, libertadoras de todas las cadenas y enredos! Tan amadas del Maestro que nunca se las vio sin su compañía. Estas hermanas inseparables no temen a nada ni a nadie, pues no les importa perderlo todo. Lo único que les preocupa es descontentar a Dios.” (Santa Teresa de Jesús)
54. “El corazón humilde desea sinceramente ser tenido en poco y desea ser perseguido y condenado sin culpa, aún en cosas graves. Pues el verdadero humilde, al compararse con Jesús que fue condenado sin culpa, ve claramente que personalmente merece todo eso y mucho más.” (Santa Teresa de Jesús)
55. “La medida verdadera de nuestra proximidad a Dios, es la dama humildad” (Santa Teresa de Jesús)
56. “El humilde se contenta con lo que le toca: si se trata de servir, sirve; si le toca trabajar fuerte, lo hace y si le dan regalos (contemplación) con admiración y agradecimiento los recibe, aunque piensa que no le corresponden. Todas sus acciones y pensamientos le parecen insignificante para tan gran Señor.” (Santa Teresa de Jesús)
57. “El Señor me hizo un gran favor al mostrarme el lugar del cual me había librado por su misericordia. Pues una cosa es imaginarlo y otra cosa es verlo. La diferencia que existe entre los dolores de esta tierra y los tormentos del infierno es la misma diferencia que hay entre un dibujo y la realidad.” (Santa Teresa de Jesús)
58. “He experimentado que cuando me determino a hacer algo por Dios, aunque sienta que me cuesta horrores el comienzo, el mismo Dios viene luego en nuestra ayuda dándonos gran alegría en aquello mismo que nos ocasionaba espanto.
Jamás hay que dejar de llevar a la práctica una buena inspiración por los miedos que nos acometan, siempre que esos buenos proyectos vayan sinceramente dirigidos hacia Dios.” (Santa Teresa de Jesús)
59. “Nuestro enemigo trata por todos los medios de apartarnos del castillo interior. Sus ataques son a cara descubierta. Luego, en las etapas siguientes, sus ataques son más disimulados y hasta parecería que nos quiere ayudar: se disfraza de ángel bueno, pero lo que busca es perdernos.” (Santa Teresa de Jesús)
60. “Estas son las grandes mortificaciones que yo desearía tomaran todos sin ningún peligro de dañarse la salud. Pues el exceso en las privaciones de alimento, o de algo semejante, nos puede perjudicar y requiere cierto equilibrio y moderación. Pero el privarse de dar disculpas ¡no quita la salud a nadie! Para lograr esto ayuda el pensar que cuando nos culpan, siempre somos, en el fondo, culpables. Si siete veces al día cae el hombre justo, sería mentira decir que no tenemos pecado. Así que, aunque no sea en lo mismo que nos culpan, nunca estamos enteramente sin culpa como estuvo Jesús.” (Santa Teresa de Jesús)
61. “El punto estratégico de esta guerra contra nosotros mismos, donde se juega el todo o gran parte, radica en dejar de lado el cuidado desmedido de nosotros mismos y nuestra insaciables sed de comodidad.” (Santa Teresa de Jesús)
62. “Alegrarse de ser reprendido sin motivo. Es muy grande el provecho que de esto nos viene. Se comienza a ganar libertad. Ya no se está atado por el ¿qué dirán los demás? Que digan bien o mal de nosotros será igual. Ni se nos ocurrirá qué contestar aunque nos injurien o acusen en nuestra propia cara. Al principio es algo muy dificultoso. Pero me consta que, con la ayuda del Señor, se puede alcanzar esta negación y desprendimiento de nosotros mismos.” (Santa Teresa de Jesús)
63. “No pierde el sol su hermosura por la falta grave, pero no se hace visible en el alma. Como si sobre los ojos se colocara un paño negro; seguirá brillando el sol, aunque el que tiene la venda oscura no percibe su esplendor. ¡Ojalá comprendieran todos la desgracia que significa el pecado mortal! Las tinieblas se adueñan del alma entera y hasta se interponen en el pensar y querer. La inteligencia se ciega y la voluntad se entorpece. No dejemos de pedir, cada día, que nos libre de tan grave mal, a donde todos podemos caer.” (Santa Teresa de Jesús)
64. “Verdaderamente es gran humildad el callarse cuando se es menospreciado o juzgado por algo que uno no hizo. De un modo similar al de Cristo que silenciosamente soportó las falsas acusaciones y afrentas. Es conveniente poner mucho empeño en esto porque trae consigo grandes ganancias. Mientras que en lo contrario, en el continuamente disculparse, no hay ningún provecho. Se necesita fortaleza, no corporal sino de arriba, para poder callar cuando se es acusado injustamente. Hay que pedirle al Señor verdadera humildad.” (Santa Teresa de Jesús)
65. “Es muy bueno rezar en comunidad pero hay tiempos en que la soledad es necesaria para rezar, necesaria para descubrir aspectos de la realidad que se nos escapan. Necesaria para el desarrollo de otras dimensiones del ser. La soledad es para ‘oírle’, para bajar a niveles de nuestro ‘yo’ que se nos escapan y que no explotamos porque desconocemos. La soledad es para saber ‘con quién estamos y quién somos’. Es soledad poblada, colmada. La oración a solas no es huir de nadie sino ir hacia Alguien. No es ausencia sino presencia. Es estar con El, con Dios.” (Santa Teresa de Jesús)
66. "La única razón que encuentro para vivir, es sufrir y eso es lo único que pido para mí" (Santa Teresa de Jesús)
67. “Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene, nada le falta. La paciencia todo lo alcanza…” (Santa Teresa de Jesús)
68. “Por experiencia puedo decir que cuando todavía existen preocupaciones por la propia honra, bienes o comodidades personales, es imposible adelantar en el camino de la oración.” (Santa Teresa de Jesús)
69. “Tenía muchos primos y primas con los cuales trataba frecuentemente y de todas las buenas amistades que podía elegir justo escogí la peor. Me encariñé con una pariente muy mundana que venía a menudo por casa. Pasaba conversando largos ratos con ella de pasatiempos y vanidades sin llegar nunca a pecado grave y sin haber perdido el temor de Dios.
Ahora me doy cuenta del daño que hace una mala compañía. Si no lo hubiera experimentado no lo podría creer. ¡Ojalá los padres se dieran cuenta del daño que hace a sus hijos una mala amistad!
En mi caso personal, aquellas huecas conversaciones barrieron mis buenos deseos e inclinaciones de la infancia. Lo único que me preocupaba, en ese entonces, era mi propio honor, lo demás me tenía sin cuidado.” (Santa Teresa de Jesús)
70. “Es preciso desprenderse, en todo lo que sea posible, de la propia voluntad. Es una guerra sin pausa ni descanso. Parece cruento no darse el gusto en nada. Pero ¡qué suavidad y placer trae consigo este despojarse de sí mismo! Aún en la presente vida se comienza a experimentar la alegría y la paz de la vida venidera.” (Santa Teresa de Jesús)
71. “Es algo sorprendente cómo él –que sostiene mil mundos- se encierra dentro de nosotros por amor. Y, para evitarnos sobresaltos, no se da a conocer bruscamente. Va preparando nuestro interior a su medida; nos va ensanchando poco a poco el corazón. Hay algo más sorprendente todavía. ¡El Señor de todo, dueño de nuestra vida, no modifica nada dentro de nosotros mismos si no se lo permitimos! Espera que le entreguemos nuestra libre voluntad y todo lo que somos”. (Santa Teresa de Jesús) (http://www.recursoscatolicos.com.ar/Frases/santateresa.htm)

POEMAS
Vivo sin vivir en mi 
En la cruz está la vida


 Vivo sin vivir en mí          


[Poema: Texto completo.]
Santa Teresa de Ávila
Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero. 
Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor,
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puso en mí este letrero:
«Que muero porque no muero».
 
Esta divina unión,
y el amor con que yo vivo,
hace a mi Dios mi cautivo
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a mi Dios prisionero,
que muero porque no muero.
 
¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel y estos hierros
en que está el alma metida!
Sólo esperar la salida
me causa un dolor tan fiero,
que muero porque no muero.
 
Acaba ya de dejarme,
vida, no me seas molesta;
porque muriendo, ¿qué resta,
sino vivir y gozarme?
No dejes de consolarme,
muerte, que ansí te requiero:
que muero porque no muero. 
 
 En la cruz está la vida
[Poema: Texto completo.]
Santa Teresa de Ávila
En la cruz está la vida
y el consuelo,
y ella sola es el camino
para el cielo.

En la cruz está "el Señor
de cielo y tierra",
y el gozar de mucha paz,
aunque haya guerra.
Todos los males destierra
en este suelo,
y ella sola es el camino
para el cielo.

De la cruz dice la Esposa
a su Querido
que es una "palma preciosa"
donde ha subido,
y su fruto le ha sabido
a Dios del cielo,
y ella sola es el camino
para el cielo.

Es una "oliva preciosa"
la santa cruz
que con su aceite nos unta
y nos da luz.
Alma mía, toma la cruz
con gran consuelo,
que ella sola es el camino
para el cielo.

Es la cruz el "árbol verde
y deseado"
de la Esposa, que a su sombra
se ha sentado
para gozar de su Amado,
el Rey del cielo,
y ella sola es el camino
para el cielo.

El alma que a Dios está
toda rendida,
y muy de veras del mundo
desasida,
la cruz le es "árbol de vida"
y de consuelo,
y un camino deleitoso
para el cielo.

Después que se puso en cruz
el Salvador,
en la cruz está "la gloria
y el honor",
y en el padecer dolor
vida y consuelo,
y el camino más seguro
para el cielo.
"Tener gran confianza... Quiere su Majestad y es amigo de ánimas animosas, c
omo vayan con humildad y ninguna confianza e sí."
"Guíe su Majestad por donde quisiere. Ya no somos nuestros, sino suyos."
Na